—Una hora y doce minutos mi Señora! —contestó Giles sacando de su bolsillo un reló de plata sujeto por una cinta negra pasada alrededor del cuello.

—Anda siempre tan despacio! —observó la anciana.

—Brittles ha sido siempre un muchacho muy pesado mi señora —replicó el criado, como queriendo hacer comprender que poseyendo por espacio de treinta años esta cualidad no habia razon para que se volviera mas activo.

—Creo que va de mal en peor. —dijo la señora.

—No tiene escusa alguna especialmente si se para á jugar con otros muchachos —dijo riendo la jóven.

Mr. Giles calculaba si podia permitirse una sonrisa de aprobacion, cuando un gig se paró ante la puerta del jardin y bajó de él un caballero gordo que entrando sin hacerse anunciar, en su precipitacion por poco tumba á Mr. Giles y á la mesa del desayuno.

—Se ha visto jamás cosa semejante! —esclamó el caballero gordo —Querida Señora Maylie! Es posible! Y en medio de la noche por añadidura! Es inaudito!

Esto diciendo alargó afectuosamente su mano á las dos señoras y sentándose á su lado preguntó por su salud.

—Me admiro de que no hayais muerto de espanto! —prosiguió —Porqué no me habeis avisado antes? Mi criado hubiera venido al momento... y yo mismo, con él ó con cualquiera otro, hubiéramos tenido la satisfaccion en semejante circunstancia... Dios de Dios! Cuando pienso en ello! Cosa imprevista! Y lo peor en medio de la noche!

Lo que mas sorprendia al recien llegado era que el atentado hubiese sido imprevisto y que los ladrones hubiesen escojido la noche para llevarlo á cabo; como si esos caballeros tuviesen la costumbre de trabajar en plena luz y de escribir por el correo tres dias antes para dar aviso de su llegada.