—Y vos señorita Rosa? —continuó dirijiéndose á la jóven —Yo...

—Oh! ciertamente! —contestó esta interrumpiéndole —Pero hay arriba un pobre desgraciado, que mi tia desea mucho veais.

—De muy buena gana Giles; segun me han dicho es uno de vuestros buenos golpes de mano?

Mr. Giles que en este momento arreglaba las tazas de thé, se ruborizó hasta el blanco de los ojos y respondió que habia tenido este honor.

—A esto llamais honor! repuso el caballero gordo —A fé mia! no lo comprendo del todo! Pueda que es mas honroso tirar á quema ropa sobre un ladron, en una bodega que herir á vuestro hombre á doce pasos de distancia... Lindo duelo!

Mr. Giles poco satisfecho de ver que tratando tan á la ligera esta materia se disminuia en mucho el mérito de su accion, respondió respetuosamente que no se creia con derecho de juzgar sobre este asunto; pero que podia tener la conviccion de que este no era una adulacion para su adversario.

—Es verdad como hay Dios! dijo el otro —Dónde se halla? Enseñadme el camino! Volveré á veros al bajar señora Maylie. Es esa la ventana por la que se ha introducido hé? A la verdad jamás hubiera podido creerlo. Y así hablando subió trás Mr. Giles la escalera.

Mr. Losberne cirujano de la vecindad, conocido bajo el nombre de doctor, en diez lugares á la redonda, era el mas alegre y el mas franco de los celibatarios de la comarca. Estuvo mucho tiempo al lado del herido, sacaron del cofre de su carruaje una gran caja plana, los criados estuvieron en un contínuo movimiento; lo que hizo presumir que pasaba algo de estraordinario.

—Con todo al fin bajó; y por toda respuesta á las preguntas solicitas de la señora Maylie, cerró la puerta con aire de misterio y se arrimó de espaldas á ella cómo para impedir que nadie entrará.

—Señora Maylie, esto es muy sorprendente! —dijo el doctor.