—Porque creo que es necesario, os he hecho esta pregunta. De todos modos, estoy cierto que os arrepentiriais mucho de no haberle visto si esperaseis mas. Es mejor ahora... Señorita Rosa accedeis á mi peticion? Os juro, que no hay temor alguno en verle.
Mientras aseguraba á las señoras, que quedarian agradablemente sorprendidas á la vista del criminal, Mr. Losberne tomó del brazo á la jóven y presentando la mano á la Señora Maylie las condujo con mucha cortesía al aposento del enfermo.
—Ahora —dijo en voz baja y abriendo suavemente la puerta —veamos un poco lo que vais á pensar! A pesar del mucho tiempo que no se ha afeitado su barba, no por eso tiene el aspecto mas feroz! Con todo esperad! Que sepa antes si esti visible.
El doctor entró el primero y despues de haber echado una ojeada en el aposento, hizo señal á las dos señoras de que podian acercarse. Luego cerró la puerta trás de ellas y habiendo dado algunos pasos hácia el lecho apartó el cortinaje con cautela.
En lugar del bandido de aspecto feroz que temian ver, solo contemplaron á un pobre niño rendido de dolor y de fatiga que dormia profundamente con un brazo en cabestrillo y colocado sobre su pecho, mientras que el otro sostenia su cabeza media oculta por sus cabellos desordenados.
En tanto que el doctor observaba al enfermo, la jóven se deslizó ligeramente hasta su lado, sentóse á la cabecera del lecho, separó sus cabellos y algunas lágrimas escapándose de sus ojos cayeron sobre la frente del niño.
Este se removió un poco y sonrió en su sueño, como si estas muestras de compasion hubieran producido en él un encanto agradable de amor y ternura que jamás habia gozado.
—Qué significa esto? —esclamó la anciana —Este niño jamás ha podido ser cómplice de ladrones!
—El vicio! —dijo el cirujano, con un suspiro y dejando caer el cortinage —El vicio mora en muchos templos! Eh! ¿Quién puede decir que un bello exterior no lo encierra?
—Pero á una edad tan tierna! —observó Rosa.