—A menos que no haya otro medio de salvar á este niño. —respondió la Señora Maylie.

—No veo otro. —contestó el doctor —Y podeis estar segura de que realmente no hay otro.

—Pues bien; mi tia os dá plena y entera libertad para obrar como querais. —dijo Rosa sonriendo y llorando á la vez de ternura. —Con tal que no useis con esos pobres diablos mas que de la severidad absolutamente necesaria.

—Paréceme —dijo el doctor —que pensais que escepto vos hoy todo el mundo debe tener el corazon duro. Deseo, únicamente por el interés de la generacion creciente de los de mi secso, que tengais el corazon tan tierno para el primer muchacho bonito que hará un llamamiento á vuestra compasion y yo mismo siento no poder ser jóven para poder aprovecharme al momento de las disposiciones favorables en que estais actualmente.

—Sois tan niño como ese pobre Brittles. —contestó Rosa ruborizándose.

—No es una cosa tan difícil ante vos! —replicó el cirujano riendo de todo corazon. —Pero volviendo á nuestro enfermo, me resta manifestaros el punto principal de nuestro convenio. Creo que se dispertará dentro de una hora y aun que haya dicho á ese avestruz de constable que está abajo en la cocina, que el niño no puede menearse ni hablar sin peligro de su vida, estoy en la conviccion de que sin temor podemos conversar un rato con él. En ello pongo una condicion y es que si luego de haberle interrogado en vuestra presencia juzgamos que es realmente un bribon (lo que es muy probable) lo abandonarémos á su mala suerte, sin que en todo caso me mezcle yo mas en el asunto.

—Oh! No mi buena tia! —dijo Rosa con tono suplicante.

—Oh! si, mi buena tia! —dijo el doctor. —Quedamos, convenidos?

—No puede estar endurecido por el vicio. —insistió Rosa —Es imposible!

—Tanto mejor! —replicó el doctor —Razon de mas para acceder á mi proposicion.