Finalmente el tratado quedó concluido y nuestros amigos se sentaron esperando que Oliverio se dispertára.

La paciencia de las dos señoras, tuvo que soportar una prueba mas larga de la que esperaban despues de lo que Mr. Losberne les habia dicho. Muchas horas transcurrieron una tras otra y Oliverio dormia siempre.

Era ya cuasi de noche cuando el buen doctor anunció que el niño estaba bastante despierto para que se le pudiera hablar. —No se halla bien que digamos y la sangre que ha perdido ha agotado enteramente sus fuerzas; pero parece manifestar tal deseo de revelar alguna cosa, que vale mas facilitarle la ocasion mas bien que obligarle á permanecer quieto hasta mañana.

La conversacion fué larga porque Oliverio relató toda su historia y el sufrimiento y la debilidad le obligaron muchas veces á detenerse. Habia algo de solemne, al escuchar, en este aposento sombrío la voz dulce y lánguida de un pobre niño que hacia la numeracion de las desgracias que los malos habian atraido sobre él.

Despues que Oliverio hubo concluido de hablar y cuando se disponia para volverse á dormir, el doctor profundamente conmovido por lo que acababa de oir se retiró enjugándose los ojos y buscó á Mr. Giles para empezar las hostilidades con él. No encontrando nadie abajo, ni en el recibidor, ni en las salas, dirijió sus pesquizas hasta la cocina con la esperanza de mayor éxito. Vió en efecto en ese salon de recibo de la gente doméstica una sociedad numerosa compuesta de las dos criadas, de Mr. Brittles de Mr. Giles, del calderero, quien (en consideracion á sus servicios) habia sido invitado á pasar el dia en la casa, y del constable. Este último tenia un grueso baston, una gruesa cabeza, gruesa fisonomia y parecia haber bebido toda la cerveza que su grueso vientre podia contener.

—No os desordeneis. —dijo el doctor, con una señal de mano.

—Sois muy bueno señor! —contestó Giles —La señora me ha encargado que distribuyera cerveza; y como no me sentia del todo dispuesto á permanecer solo en mi aposento queriendo además gozar de la ventaja de la sociedad, bebo mi porcion en compañia de esos caballeros y de esas señoras que veis.

Brittles balbuceó algunas palabras aduladoras y un murmullo de aprobacion se elevó en la asamblea para expresar todo el placer que esperimentaba de una tal prueba de condescendencia por parte de Mr. Giles.

—Cómo va el enfermo esta noche señor Losberne? —preguntó éste.

—Así, así. —respondió el doctor —Temo mucho que no os hayas metido en un atolladero Señor Giles!