—Estoy, estoy en ello caballero! —contestó el constable, llevando la mano á su boca para toser. (pues vaciando su vaso distraido habia tragado de través.)
—Figuraos una casa que se fuerza. En la obscuridad mas profunda... en medio del tumulto y la confusion... entre el humo espeso de la pólvora... dos hombres creen haber vislumbrado á un niño. Sucede por casualidad que á la mañana siguiente muy de mañana un niño viene á llamar á la puerta de esta misma casa, y porque lleva el brazo envuelto en un pañuelo, esos dos hombres se apoderan de él, lo arrastran al vestíbulo y no contentos con poner de este modo su vida en el mayor peligro, llegan hasta á afirmar con juramento que es el ladron! Ahora se trata de saber si no han tenido razon de obrar como lo han hecho y si sus sospechas son falsas en que situacion se encuentran colocados.
El constable hizo una señal de cabeza respetuoso, y dijo que si no estaba allí la ley seria muy curioso saber quien estaria.
—Os lo demando por última vez! —dijo el doctor con voz de trueno —Podeis jurar que ese sea el mismo niño?
Brittles miraba á Giles con aire de duda y Giles miraba á Brittles del propio modo; el constable habia puesto la mano á su oreja para coger mejor su respuesta; las dos mugeres y el calderero se inclinaban adelante para escuchar, y el doctor arrojaba una mirada penetrante en torno suyo, cuando se oyó un ruido de ruedas y al mismo tiempo llamaron á la puerta del jardin.
—Son los agentes de policía! —esclamó Brittles con inquietud.
—Quiénes? —preguntó el doctor estupefacto á su vez.
—Los agentes de policía de Bow-Street —replicó Brittles tomando una vela. Yo y Mr. Giles los hemos mandado llamar esa mañana.
—Cómo! —esclamó el doctor.
—Es la verdad! —repuso Brittles —He enviado recado por el conductor de la diligencia y estraño que no hayan llegado mas pronto.