Dicho esto, dió su bolsillo á Oliverio; que se lanzó fuera del salon sin despedirse de su bienhechora.
Corriendo á través de los campos todo lo que sus fuerzas le permitieron, ya oculto por el trigo de alto talle que se elevaba en ambos lados del camino, ya en medio de un llano, en el que habia hombres ocupados en segar y hacer gavillas y no deteniéndose mas que para tomar aliento, llegó al fin cubierto de sudor y de polvo á la plaza del mercado del villorrio.
Su primer cuidado fué buscar la posada de que le habia hablado la Señora Maylie. Miró á todos lados. De pronto se presentó á sus miradas una cerveceria pintada de rojo, luego la casa de la villa pintada de amarillo y luego al fin una posada, que tenia por muestra. Al rey Jorge. Inmediatamente entró en ella.
Se dirijió á un postillon que fumaba su pipa en el lindar de la puerta cochera, quien despues de haberse hecho esplicar la clase del mensaje que llevaba Oliverio, lo envió al muchacho de cuadra quien despues de la misma esplicacion lo endosó al maestro de postas que apoyado contra la bomba cerca la puerta de la cuadra se divertia paseando en su boca un monda-dientes de plata. Este tomó la carta de las manos del niño y se dirijió con displicencia hácia el bufete para enterarse de la direccion, (lo que ecsijió aun bastante tiempo.) Luego que se hubo enterado y exijido la paga adelantada, hizo ensillar un caballo y dió órden á un postillon de que se preparára, lo que fué tarea de un cuarto de hora, durante cuyo tiempo Oliverio que estaba como entre espinas tuvo veinte veces la tentacion de saltar sobre el caballo y correr á brida suelta hasta la prócsima parada.
Sin embargo al fin todo quedó listo y Oliverio despues que hubo encargado encarecidamente al postillon de marchar lo mas aprisa que le fuera posible, éste partió como el rayo y en menos de nada estuvo al estremo opuesto del villorrio.
No era poco para Oliverio tener la certeza de que la jóven enferma iba á recibir prontos ausilios y que no habia habido tiempo perdido. Acababa de dejar el patio de la posada, con el corazon menos oprimido y pasaba el lindar de la puerta cochera corriendo, cuando se enredó entre las piernas de un hombre envuelto en una capa que entraba en el parador.
—Qué diablos es esto? —dijo el hombre retrocediendo de golpe al ver el niño.
—Perdonad caballero! —contestó éste —Estaba ansioso de volver á casa y no os veia.
—Maldicion! —murmuró el hombre entre dientes lanzando á Oliverio una mirada furiosa —Es posible! Qué un rayo te parta! Creo que si estuviera muerto, saldria espresamente de su tumba para encontrarse en mi camino!
—En verdad lo siento mucho caballero! —balbuceó Oliverio espantado del modo como le miraba el estrangero. —Os he hecho daño?