—Maldicion! —murmuró de nuevo. —Si hubiese tenido solo el valor de pronunciar una palabra, largo tiempo hace estaria desembarazado de él! Qué el infierno te confunda! ¿Qué haces tu ahí pequeño demonio?
—Esto diciendo rechinó los dientes, cerró los puños y abalanzándose sobre Oliverio como para cojerlo, cayó de espaldas espumeante de rabia y debatiéndose como un furioso.
Oliverio con todo no pudo hacer caso de este hecho estraño porque luego que hubo llegado á la casa, cuidados mas serios ocuparon su alma y desviaron su atencion de lo que le era personal.
Rosa estaba mucho mas mala; la fiebre habia redoblado y al anochecer entró en delirio. El cirujano del pais no la dejó un solo instante. Apenas la hubo visto llamó á parte á la Señora Maylie y le declaró que la enfermedad era de las mas graves y que solo un milagro podia salvar á su sobrina.
A la mañana siguiente todo fué silencio en el interior de la casa. Se hablaba en voz muy baja; algunas mugeres y niños se presentaban de tiempo en tiempo á la verja y se volvian con las lágrimas en los ojos. Todo el dia y aun hasta mucho despues de puesto el sol, Oliverio se paseó en el jardin levantando la vista á cada momento hácia la ventana del aposento de la enferma. Le parecia por la tristeza del lugar que la muerte debia estar allí y se estremecia de horror.
Era ya muy entrada la noche cuando Mr. Losberne llegó —Es una gran desgracia! —dijo al ver á Rosa —Tan jóven, tan amable! Pero poca esperanza queda!
Durante muchos dias la muerte parecia habitar en esta casa, tanta era su tristeza y melancolía, el silencio mas profundo reinaba en ella; el dolor estaba impreso en todos los semblantes. Una tarde la Señora Maylie y Oliverio estaban sentados en el salon, cuando fueron arrancados de sus meditaciones por el ruido de una persona que se acercaba. Ambos se precipitaron involuntariamente hácia la puerta, en el momento en que entró Mr. Losberne.
—Y Rosa? —esclamó la Señora Maylie —Hablad, os lo suplico! Estoy preparada del todo! No puedo vivir mas tiempo en tan horrible incertidumbre! Hablad en nombre del cielo; hablad!
—Calmaos señora! —dijo el doctor, tomándola por el brazo. —Calmaos os lo ruego!
—Por amor de Dios dejadme —continuó la Señora Maylie con voz ahogada —Rosa, mi querida niña! Ha muerto! Se muere!