—No, —esclamó el doctor con fuerza —Dios que es la misma bondad, permite que ella viva aun largos años para la felicidad de todos nosotros.
La buena Señora cayó de rodillas y procuró plegar las manos en señal de accion de gracias; pero el valor que la habia sostenido por tanto tiempo la abandonó de improviso y se desmayó en los brazos de su antiguo amigo.
CAPÍTULO XXXIII.
ENTRA EN LA ESCENA UN NUEVO PERSONAJE —SUCEDE Á OLIVERIO OTRA NUEVA AVENTURA.
EN verdad esta era mayor dicha de la que Oliverio podia soportar. Aturdido y estupefacto, á una noticia tan inesperada, le era imposible llorar ni hablar ni aun estarse quieto. Apenas podia darse cuenta á sí mismo de lo sucedido. Solo despues de haber dado una larga carrera por los campos y cuando el aire fresco del anochecer le volvió los sentidos, pudo derramar un torrente de lágrimas.
La noche estaba ya muy adelantada y regresaba á casa cargado de flores que habia cojido con particular esmero para adornar el aposento de la enferma, cuando vio á su espalda un carruaje que avazanba rápidamente. Se volvió y vió una silla de posta tirada por dos caballos que corrian al galope. Como el camino era muy estrecho en este sitio se apartó á un lado para dejar pasar el coche.
Al pasar este por frente de él divisó á un hombre con un casquete de algodon cuya fisonomía no le era desconocida á pesar de no haber tenido tiempo para reconocerle. En menos de un segundo el hombre del gorro de algodon sacó la cabeza por la portezuela y con voz estentórea gritó al postillon que parase (lo que no era muy fácil atendida la rapidez con que marchaban los caballos.) Sin embargo al fin éste último habiéndolo logrado no sin trabajo, el hombre del gorro de algodon, sacó de nuevo la cabeza por la portezuela y llamó á Oliverio por su nombre.
—Oe! Señor Oliverio! Señor Oliverio! Cómo se encuentra la Señorita Rosa?
—Sois vos Señor Giles? —esclamó Oliverio corriendo hácia al carruaje.
Giles se preparaba para responder, porque la borla del gorro de algodon, se ostentó perpendicular fuera de la portezuela; pero se lo impidió un jóven, que le hizo sentar otra vez bruscamente, dirijiendo él la palabra á Oliverio.