—Sin rodeos! —le dijo —Mejor ó peor?

—Mejor; mucho mejor! —respondió vivamente Oliverio.

—Bendito sea el Señor! —Estais bien seguro de ello?

—Si señor —El cambio se ha verificado hace algunas horas. Mr. Losberne afirma que ella está ya fuera de peligro.

Sin decir mas el jóven abrió la portezuela, se lanzó fuera del carruaje y cojiendo bruscamente á Oliverio por el brazo, lo tomó á parte.

—Vos estais seguro de lo que decís, no es verdad amigo mio? —preguntó con voz temblorosa —Creo que no quereis engañarme dándome una esperanza que no pueda realizarse, ¿no es cierto?

—Oh! no seguramente, señor! —contestó Oliverio —No lo haria por todo lo del mundo; podeis creerme! Hé aquí las propias palabras de Mr. Losberne: Ella vivirá aun largos años para la felicidad de todos nosotros! Estaba yo presente cuando ha dicho esto á la Señora Maylie.

Al recuerdo de una escena tan sensible se escaparon de los ojos del niño lágrimas de ternura y el mismo jóven, volviéndose de lado para ocultar su emocion guardó silencio largo rato.

Entre tanto Giles sentado en el estribo del carruaje con los codos apoyados sobre sus rodillas enjugaba sus lágrimas con un pañuelo de algodon azul salpicado de puntos blancos. A juzgar por los ojos encarnados de este fiel criado, su emocion no era de ningun modo finjida.

—Giles, subid otra vez á la silla de posta é id en derechura á casa mi madre. —dijo el jóven. —Yo prefiero andar un poco á pié para prepararme á verla. Le direis que vengo despacio.