—Señor Enrique os agradeceria mucho —dijo Giles, dando la última recomposicion á su rostro con el pañuelo —Os agradeceria en el alma que os dignaseis encargar este mensaje al postillon... Creo que no es conveniente que comparezca de este modo ante las criadas. Si me viesen en tal estado perderia toda mi autoridad sobre ellas.
—Pues bien! —repuso Enrique Maylie sonriendo —Obrad á vuestro gusto. Que se adelante el postillon con las maletas... y vos seguidnos si quereis. Solamente os encargo que cambieis de tocado si os place, sino preferís que nos tomen por locos.
Giles acordándose que llevaba en la cabeza su gorro de algodon, lo embuchó aceleradamente en su faltriquera y tomando su sombrero que estaba dentro el carruaje, se lo puso sin dilacion. El postillon emprendió la marcha y Mr. Maylie, Oliverio y Giles siguieron al paso.
Mientras andaban, Oliverio echaba de tanto en tanto una ojeada al recien venido. Podia tener de veinte y cuatro á veinte y cinco años; era de estatura mediana, su noble figura descubria un aire de franqueza y de bondad, sus maneras eran distinguidas y modestas á la vez. A pesar de la diferencia que existe entre la juventud y la vejez, se parecia tanto á la Señora Maylie que Oliverio pudo adivinar sin dificultad que era el hijo de esa señora aun cuando él no hubiese hablado de ella en tal cualidad.
La Señora Maylie estaba impaciente por ver á su hijo en el momento en que éste abrió la puerta del salon y la entrevista fué de las mas tiernas.
—Buena madre! —dijo el jóven —Por qué no haberme escrito mas pronto?
—Habia escrito. —contestó la Señora Maylie —pero despues de reflecsionarlo creí que era mas prudente no enviar la carta hasta despues de haber visto á Mr. Losberne.
—Pero por qué? —Por qué esperar el último momento? Si Rosa hubiese... (no me atrevo á pronunciar la palabra.) Si esta enfermedad hubiese tenido un fin diverso, no os hubierais reprochado toda la vida vuestro silencio? Y yo hubiera podido ser jamás feliz en el porvenir?
—Si así hubiese sucedido vuestras esperanzas hubieran quedado completamente destruidas y no se que vuestra llegada aquí un dia mas pronto ó mas tarde hubiese sido de grande importancia.
—Quién puede dudarlo madre mia? —Vos sabeis cuanto la amo... Vos debeis saberlo.