—Así es. —Se muy bien que ella merece el amor mas puro y mas constante; un amor duradero cimentado por la mas sólida amistad. Si no estuviera convencida de que un cambio de conducta por parte de aquel que ella amára destrozaria su corazon, no encontraria mi tarea, tan difícil de cumplir y no esperimentaria este combate interior cuando me esfuerzo en obrar lo mas concienzudamente posible en esta circunstancia.
—Esto no está bien madre mia! Me suponeis pues tan niño que no conozca mi propio corazon ó que pueda equivocarme sobre la naturaleza de mis sentimientos?
—Pienso querido Enrique. —dijo la buena señora poniendo la mano sobre la espalda de su hijo —pienso que la juventud está sujeta á impulsos generosos del corazon que no son duraderos y que existen ciertos sentimientos que por ser divisibles resultan á veces mas pasajeros. Se además —prosiguió mirando fijamente al jóven —que una muger que puede sonrojarse de su nacimiento (bien que sin culpa suya) está espuesta, como sus hijos á los sarcasmos de los necios; que su marido por generoso que sea, puede un dia arrepentirse de haberle dado su mano en un momento de entusiasmo y ella notar su indiferencia y morirse de dolor.
—El que así se portára seria indigno de llevar el nombre de hombre! esclamó Enrique. —Este seria un sér brutal.
—Es así como pensais al presente Enrique?
—Y como pensaré siempre! —Todo lo que he sufrido desde hace algunos dias me arranca la confesion sincera de una pasion que no data de ayer y que no he concebido ligeramente; vos misma lo sabeis. Mis pensamientos, mis esperanzas, mi porvenir todo está en ella... No veo nada mas allá de Rosa. Si poneis un obstáculo á mis deseos me quitais la paz y la felicidad. Pensadlo seriamente madre mia y conoced mejor mis sentimientos.
—Enrique —Justamente porque los conozco, es porque quisiera que no fueran destrozados. Pero hemos dicho ya bastante sobre este asunto.
Qué Rosa decida por sí misma! No es cierto que no intentais oponeros á mis votos?
—No sin duda. —Pero reflecsionadlo bien vos mismo.
—Lo he reflecsionado hace años —Mis anhelos serán siempre los mismos! —replicó Enrique impaciente —Y por qué tardase en declararme? Qué ventaja sacaré de ello? No veo ninguna. No; antes que deje esta casa es preciso que Rosa me escuche!