—Ella os escuchará. —dijo la señora Maylie preparándose para marcharse del salon.
—Dónde vais madre mia?
—Voy á reunime con Rosa. Hasta la vista!
—Os volveré á ver esta noche? —preguntó vivamente Enrique.
—Sin duda! —contestó la buena señora.
—Decidla tambien cuán inquieto he estado! Cuanto he sufrido al saber que estaba enferma y cuanto me tarda el verla... No es verdad madre mia que haréis esto por amor á mí?
—Sí; —La diré todo esto. —Despues de estas palabras apretó tiernamente la mano de su hijo y desapareció.
Durante este diálogo entre la madre y el hijo, Mr. Losberne y Oliverio se habian mantenido apartados al estremo del salon. El primero se adelantó entonces hácia Enrique, tendiéndole la mano y despues de algunos saludos por una y otra parte el doctor en contestacion á las preguntas multiplicadas del jóven, le hizo un detalle ecsacto de los progresos de la enfermedad de Rosa y del cambio feliz que se habia operado por la tarde; el que estuvo perfectamente acorde con lo que Oliverio habia dicho en el camino.
—No os ha acontecido algo de estraordinario desde aquel hecho de marras carísimo Giles? —preguntó el doctor volviéndose á éste que mientras se ocupaba en desocupar las maletas prestaba un oido atento á lo que se decia de su jóven ama.
—No señor. —respondió Giles ruborizándose hasta el blanco de los ojos.