—Y no habeis puesto la mano sobre ningun ladron? —añadió el doctor con malicia.

—Sobre ninguno señor. —repuso Giles con suma gravedad.

—Lo siento á fé mia! —continuó el doctor. —Os lucís tanto en esta especie de cosas! Y Brilles que tal anda?

—El jóven, se porta bien á Dios gracias! —replicó Giles volviéndo á recobrar su aire de importancia —Me ha encargado para vos muchas espresiones.

—Muy bien! —dijo Mr. Losberne —A propósito Giles! Vuestra presencia me recuerda que la víspera de mi llegada aquí desempeñé con vuestra ama una pequeña comision á favor vuestro. Queréis tomaros la molestia de acercaros para que os diga una palabra aparte?

Giles se adelantó hácia el alfeizar de la ventana, con ademan de importancia y de asombro á la vez, y luego que hubo tenido con el doctor una pequeña conferencia en voz baja, que terminó por un gran número de cortesias, se retiró con una satisfaccion poco comun. El motivo de esta conferencia no fué conocido en el salon pero se supo á la cocina porque Mr. Giles se dirijió á ella en derechura y habiéndose hecho llevar un jarro de cerveza y vasos, anunció con aire de complaciente dignidad que produjo grande efecto, que en consideracion á su conducta brillante cuando la tentativa del robo habia placido á su ama depositar en la caja de ahorros la suma de veinte y cinco libras esterlinas en su nombre y por su propia cuenta.

El resto de la velada se pasó alegramente en el salon; porque Mr. Losberne tenia buen humor; y bien que Enrique Maylie estuviese pensativo y al mismo tiempo muy fatigado, no pudo sostenerse contra las salidas y la gracia del doctor, al relatar algunas anécdotas referentes á su profesion llenas de mucha sal y mucha chispa; de modo que Oliverio que jamás habia oido nada semejante no pudo menos de reir á carcajadas, con gran satisfaccion del doctor que se reia á su vez á garganta desplegada de las farzas que divulgaba y cuya alegria loca arrastrando pronto á Enrique Maylie no pudo menos de seguir su ejemplo.

A la mañana siguiente Oliverio se levantó mas ufano y mas dispuesto y se entregó á sus ocupaciones ordinarias con mas placer del que le habia hecho en los dias anteriores.

Una cosa digna de observacion y que no escapó á Oliverio fué que no era solo en sus escursiones matutinales. Desde la vez primera que Enrique Maylie le víó regresar á casa cargado de ramilletes, de repente cobró tal pasion por las flores y las reunia con tanto gusto que muy pronto sobrepujó en este arte á su jóven compañero. Pero si Oliverio estaba mas atrasado en cuanto á esto, sabia mejor donde encontrar las mas hermosas y cada mañana nuestros dos amigos recorrian la llanura y nunca volvian á casa con las manos vacías. Cuando alguna vez Rosa para respirar un aire mas puro dejaba su ventana entreabierta se hubiera podido observar al interior en un jarro lleno de agua, un bonito ramillete cuyas flores estaban artísticamente mezcladas. Un ramillete nuevo reemplazaba cada dia al de la víspera, que se guardaba preciosamente aun que estuviera marchito, y Oliverio notó que cada vez que Mr. Losberne se paseaba en el jardin nunca dejaba de levantar su vista hácia la ventana sobre la que estaba el pequeño jarro y que entonces balanceaba la cabeza del modo mas espresivo. Entre tanto Rosa se restablecia y recobraba de dia en dia sus fuerzas.

A pesar de que la jóven convaleciente no se hallase aun en estado de dejar el aposento y que los paseos acostumbrados de la tarde no tuviesen lugar mas que raras veces, Oliverio no encontraba por eso el tiempo largo. Redobló de asiduidad al lado del buen anciano que le daba lecciones y trabajaba con tal ardor, que él mismo quedó sorprendido de los progresos rápidos que hizo. Mientras seguia el curso de sus estudios fué cuando se alarmó muchísimo por un accidente imprevisto.