—Oh! no seguramente Caballero! —replicó Oliverio á quien el recuerdo del asqueroso viejo hizo estremecer involuntariamente —Los he visto demasiado bien... Los he visto á ambos como os veo á vos ahora.

—¿Quién era el otro? —preguntaron á un tiempo el jóven y Mr. Losberne.

—Aquel de quien os he dicho me trató tan bruscamente á la puerta de la posada —dijo Oliverio —Nos hemos mirado uno á otro con harta fijeza paraque pueda engañarme... Juraria que es él.

—Estais seguro de que se han escapado por este lado? preguntó Enrique.

—Estoy tan seguro como es la verdad que estaban frente mi ventana —replicó Oliverio señalando con el dedo la cerca que separaba el jardin y la pradera. El mas alto ha saltado en ese mismo sitio y el judío ha pasado por ese agujero que veis á la derecha.

Enrique Maylie y Mr. Losberne se miraron y parecieron satisfechos de las respuestas de Oliverio. Sin embargo ningun indicio de personas que huyen precipitadamente, se ofreció á su vista: la yerba alta no... estaba pisoteada en ninguna parte escepto en los sitios que ellos mismos habian recorrido, los bordes del barranco eran todo barro, pero en ningun punto ese barro llevaba la marca de zapatos de hombre.

—Cosa estraña! —dijo Enrique.

—Estraña! —repitió el doctor —y tanto que los mismos Blathers y Duff perderian la brújula.

Apesar del resultado nulo de sus pesquisas, no renunciaron á ellas hasta que la noche que se le venia encima las hizo del todo infructuosas; y esto aun con sentimiento. Giles provisto de las señas de los dos hombres, fué enviado á las tabernas del pueblo en que pudieran estar con el objeto de beber ó divertirse; pero no trajo ninguna nueva capaz de aclarar ó disipar este misterio.

A la mañana siguiente, se practicaron nuevas indagaciones sin obtener mejor resultado. Al otro dia Mr. Maylie y Oliverio se dirijieron al villorrio vecino con la esperanza de saber algo relativo á los dos hombres, pero no regresaron mas sabios que cuando partieron. Pronto se acabó por olvidar este asunto, á ejemplo de tantos otros que mueren por sí mismos cuando se ha extinguido su sabor de maravilla.