—Un ángel! —continuó Enrique con pasion —una criatura tan hermosa y tan pura como los ángeles del cielo, flotaba entre la vida y la muerte. Oh! quien podia pensar, que cuando iba á abrírsele la mansion de los bienaventurados de que es tan digna, debiere aun conocer las miserias y los sinsabores de este mundo! Rosa! Rosa! Os restableceis de dia en dia, diré casi de hora en hora y yo espío ese cambio de la muerte á la vida con la ansiedad mas viva... Y si el afecto que os profeso me ha hecho derramar lágrimas de ternura y de contento; no me reprocheis por ello, porque ellas han dulcificado mis penas y vuelto la calma á mis sentidos.

—No era esta mi intencion —dijo Rosa visiblemente conmovida —Por interés vuestro hubiera deseado veros proseguir únicamente ocupaciones mas sérias y mas dignas de vos.

—Y qué ocupacion mas digna de mi que el esforzarme en conquistar un corazon como el vuestro? —contestó Enrique tomando la mano de la jóven —Rosa! Yo os amo desde largo tiempo! Si procuro crearme un nombre, es solo para ofrecéroslo. Aunque ese tiempo no haya llegado todavia, aceptad este corazon que os pertenece... De vuestra respuesta depende mi porvenir!

—Vuestra conducta ha sido siempre noble y generosa! —dijo Rosa procurando dominar su emocion.

—Debo acumular todos los esfuerzos para mereceros? Hablad Rosa!

—Al contrario —repuso Rosa —debeis procurar olvidarme, no como la amiga y la compañera de vuestra infancia, esto me seria demasiado doloroso; pero si como el objeto de vuestro amor.

Se siguió á esto un instante de silencio durante el cual Rosa llevando la mano á sus ojos dió libre curso á sus lágrimas.

—Y cuáles son vuestras razones para obrar así? —dijo en fin Enrique con aire desazonado —¿Puedo saberlas?

—Sin duda —contestó Rosa —teneis derecho de conocerlas! —Todo lo que podais decirme no me hará cambiar de resolucion...

—Ella es pues irrevocable?