Un hombre estaba sentado á una mesa; era moreno y de buena talla; una larga capa cubria sus espaldas y le ocultaba una parte de las facciones. Parecia forastero en aquellos sitios y al mirar, el estravio de sus ojos y el polvo de su calzado, era fácil adivinar que venia de lejos. Lanzó una mirada oblícua á Monsieur Bumble; pero apenas se dignó contestar al saludo que éste le hizo.
Sin embargo sucedió (lo que sucede á menudo cuando los hombres se encuentran en tales circunstancias,) que Mr. Bumble, no pudo menos de lanzar de tanto en tanto una mirada furtiva al desconocido; y cada vez que este le sucedia, volvia pronto la vista sobre el periódico, confuso de ver que en el propio instante aquel le miraba de igual modo.
Despues que sus ojos se hubieron encontrado, así varias veces el desconocido rompió al fin el silencio.
Era á mí á quién buscabais cuando habeis metido la cabeza en la ventana? —dijo con voz sombría.
—No que sepa; á menos que no seais el Señor...
Aquí Mr. Bumble se paró en seco, porque deseaba saber el nombre del desconocido y pensó que en su impaciencia éste acabaria la frase nombrándose.
—Veo ahora que no es á mi á quien buscais —continuó el otro con acento de desden —de lo contrario sabriais mi nombre.
—No ha sido mi ánimo ofenderos jóven! —observó Mr. Bumble con dignidad.
—Ni yo me ofendo. —contestó el otro.
Siguió á esto un corto silencio, que el forastero rompió de nuevo.