Dicho esto, subió el primero la escalera de mano y cuando estuvo en el aposento donde ella conducia, cerró inmediatamente los postigos y bajó una linterna colgada al cabo de una cuerda por medio de una garrucha sujeta á una de las enormes vigas del techo.
—Ahora dijo Monks despues que los tres se hubieron sentado —cuanto mas pronto tratemos de asuntos, mejor será para todos. ¿Esta mujer sabe lo que la conduce á este sitio, no es cierto?
La pregunta se dirijia á Bumble, pero la mujer se apresuró á responder que estaba de ello perfectamente instruida.
—Estabais vos con la vieja bruja en cuestion, la noche de su muerte y... ella os ha dicho algo?
—Concerniente á la madre de ese niño que vos conoceis? —interrumpió la matrona. —Si, es la verdad.
—La primera cuestion es saber de que naturaleza fué su confidencia —dijo Monks.
—No á fé! —observó la matrona con tono magistral —Esta es la segunda. La primera cuestion es saber, lo que daréis para tener de ella conocimiento.
La señora Bumble no era mujer que se dejára desarmar fácilmente. Le gustaba mas un toma cualquiera que todos los te daré del mundo. Por esto luchó á brazo partido con su adversario; en vano recorrió este al regateo, á la indiferencia, al poco interés de saber el secreto, la matrona, no quiso sejar de las veinte y cinco libras esterlinas en oro que pedia. Al fin no hubo mas remedio que rendirse y hacer contra fortuna alma de hierro.
—Y qué ventaja tendré si pago, por nada? —dijo Monks vacilando.
—Podréis recobrar vuestro dinero —respondió la matrona —En mi estais viendo una mujer débil, sola, sin apoyo...