—Mr. Bumble quiso aquí tomar la palabra para una alusion personal —Silencio, dijo Monks con acento de autoridad.

Esto diciendo, sacó de su faltriquera, un saquito de tela y contó sobre la mesa veinte y cinco soberanos, que entregó en seguida á la matrona.

—Ahora —dijo —embolsad esto! —y cuando ese trueno maldito que siento acercarse habrá esplotado sobre el execrable barracon contadnos lo que sabeis.

El trueno que se hacia oir con mas estruendo que antes y que perecia querer estallar sobre la casa y reducirla á polvo, cesó al fin y Monks que durante este intérvalo se habia cubierto el rostro con ambas manos y tenia la cabeza apoyada sobre la mesa, luego que el peligro hubo pasado, se incorporó y se inclinó hacia adelante para escuchar lo que la mujer iba á decir.

—Cuando murió la vieja Sally —así se llamaba aquella mujer —dijo la matrona —estaba yo sola con ella.

—No habia alguien alli cerca —preguntó Monks en voz baja —alguna otra enferma ó alguna idiota acostada en el mismo aposento, la cual hubiera podido oir y de consiguiente comprender?

—No habia nadie mas —replicó la matrona —Estábamos completamente solas. Cuando exhaló el último suspiro me hallaba á la cabecera de su lecho.

—Bien —dijo Monks mirando fijamente á la matrona.

—Me habló de una jóven —prosiguió la matrona —que parió algunos años antes no solo en el mismo aposento sino tambien en el propio lecho.

—Como á pesar de todo, las cosas se descubren al fin! dijo Monks visiblemente agitado. —¿No es asombroso?