—Lo que os propongais, con esos objetos puede pararme perjuicio?

—Jamás —contestó Monks lo mismo que á mí... Mirad! pero no deis un solo paso adelante ó todo ha concluido para vosotros eternamente!

Al decir tales palabras apartó á un lado la mesa y pasando su mano en un anillo de hierro, fijado en el suelo, levantó una trampa que se abrió justamente á los piés de Mr. Bumble, lo que le espantó de tal modo que retrocedió precipitadamente.

—Echad una mirada al fondo —dijo Monks bajando la linterna en el abismo —No tengais miedo de mí! Hubiera podido haceros bajar á mansalva cuando estabais sentados encima si tal hubiese sido mi intencion.

Tranquilizada por estas palabras la matrona se acercó hasta el borde del precipicio, imitándola Mr. Bumble movido por la curiosidad. El agua cenagosa aumentada con la lluvia corria rápidamente en el fondo, produciendo tal ruido al romperse contra los pilares verdosos que sostenian el edificio, que era imposible entenderse.

—Si se arrojase á un hombre al fondo de este abismo, dónde pensais que deberia encontrarse mañana su cadáver? —dijo Monks sacudiendo la cuerda al cabo de la cual estaba suspendida la linterna.

—A doce millas de aquí —y por añadidura hecho pedazos —replicó Bumble horrorizado de solo pensarlo.

Monks sacó de su faltriquera el saquito que se habia embolsado al descuido y atándolo fuertemente con bramante á un pedazo de plomo que estaba en el suelo en un rincon del aposento lo arrojó al rio.

—Ya está! —dijo cerrando la trampa —Si el mar arroja sus cadáveres en la ribera como pretenden algunos escritores, guarda al menos el oro y la plata y no dudo que esa baratija quedará sumerjida en él para siempre. Nada mas tenemos que decirnos, con que podemos ya separarnos.

—Es muy justo! —se apresuró á decir Mr. Bumble.