—Espero que sabreis comprimir vuestra lengua! —dijo Monks lanzando á éste una mirada amenazadora —no creo necesario hacer esta recomendacion á vuestra mujer; pues estoy seguro que guardará el secreto.

—Podeis fiar en mi jóven! replicó Mr. Bumble.

Fué fortuna para éste que la conversacion terminará aquí porque en este momento se encontraba tan cerca de la escalera, que faltó poco para que cayera de cabeza en el piso de debajo. Encendió su linterna con la que Monks desató de la cuerda; y no deseando prolongar la entrevista bajó en silencio seguido de su mujer. Monks bajó el último.

Apenas estuvieron fuera, Monks que sin duda no le hacia gracia el estar solo llamó á un muchacho que se habia ocultado en algun sitio en el plan terreno de la casa y habiéndole dicho que tomára la luz y marchára adelante, se volvió al aposento que acababa de dejar.

CAPÍTULO XXXVIII.

EL LECTOR VUELVE Á ENCONTRARSE CON CONOCIDOS ANTIGUOS. MONKS Y FAGIN SE CONFABULAN ENTRE ELLOS.

PODIAN ser cerca las siete horas de la noche, del dia siguiente al en que los tres dignos personajes de que se ha hablado en el capítulo precedente arreglaron juntos sus negocios, cuando Guillermo Sikes, dispertándose de improviso, preguntó con tono áspero que hora era.

Cubierta la cabeza con un gorro súcio de algodon y envuelto en su gran redingote blanco á guisa de bata, el bandido descansaba tranquilamente sobre su lecho. Una barba recia y espesa que no habia sido afeitada desde ocho dias, unida al tinte cadáverico de su rostro aumentaba la ferocidad de su fisonomía. El perro estaba echado á la cabecera de la cama y mirando á su amo con ojo inquieto, ya enderezando sus orejas ó gruñendo sordamente, segun el ruido que llamaba su atencion. Cerca la ventana permanecia una jóven ocupada en remendar un chaleco viejo que formaba parte del traje del ladron. Estaba pálida y descompuesta á fuerza de velas y privaciones que á no ser el timbre de su voz, en el momento en que respondió á la pregunta de Sikes, hubiera sido muy difícil reconocer en ella á aquella Nancy que ha figurado ya en el curso de esta historia.

—En este momento acaban de dar la siete —dijo —¿Cómo te encuentras esta noche Guillermo?

—Tan débil como el agua —contestó Sikes con un juramento horrible —Ea, dame la mano y ayúdame á salir de una manera ó de otra de este lecho infernal!