La enfermedad de Sikes no habia ablandado su carácter; porque en el momento en que Nancy ayudándole á levantarse, lo acompañaba hácia una silla, arrojó imprecaciones contra su impericia y la pegó.
—Déjate de lloriqueos! —dijo —quítate de aquí sino quieres sorberte los mocos! Si no puedes hacer nada mejor, lárgate pronto! Oyes?
—Por qué Guillermo? —preguntó ésta poniendo su mano sobre la espalda de Sikes —Oh! tú no tienes intencion de maltratarme esta noche?
—No! y por qué, sepamos? —esclamó Sikes.
—Tantas noches —replicó la jóven con un acento de ternura, que prestaba la mayor dulzura á su voz. —Tantas noches como he pasado á tu lado cuidándote como si fueras un niño! Y hoy que por primera vez te veo un poco repuesto, estoy segura que no me hubieras tratado como acabas de hacerlo, si tu lo hubieses recordado, no es cierto? Vamos Guillermo habia francamente!
—Por vida de... no digo no! —contestó Sikes —ciertamente no lo hubiera hecho... Voto al diablo con la muchacha todavía lloriquea!
—No es nada —dijo ésta dejándose caer en una silla —no hagas caso de mi, es cosa de un momento... esto pronto se pasará.
—Qué es lo que pronto se pasará? —preguntó Sikes con tono furioso; —que te dá ahora? Ea levántate! paséate por el aposento y no vengas á embaucarme con tus beberías de mujer!
En cualquiera otra circunstancia esta amonestacion hecha con ademan ríjido sin duda hubiera producido su efecto; pero la jóven debilitada por los insomnios y abatida por la fatiga, dejó caer su cabeza sobre el respaldo de la silla, antes que Sikes tuviera tiempo de pasar el rosario de juramentos, que tenia todo preparado en casos semejantes. No sabiendo que hacer en tal circunstancia, porque las convulsiones de la Señorita Nancy eran de naturaleza contraria á todo ausilio, ensayó una blasfemia, y viendo que esta clase de tratamiento era completamente ineficaz, gritó socorro!
—Qué sucede querido? —dijo el judío Fagin abriendo la puerta del aposento.