—Teneis en vuestra casa las suficientes para hacer chirriar la sarten —replicó Sikes —y de allí es de donde me convienen.

—Para hacer chirriar la sarten! ¿Lo creeis así? —esclamó el judío elevando las manos al cielo. —Las pocas que tengo no bastarian para...

—No se las que teneis y no dudo que os costaria trabajo á vos mismo de saberlo; por el mucho tiempo que os exijiria el contarlas. —dijo Sikes —Lo que sé positivamente, es que esta misma noche necesito algunas de ellas.

—Está bien, esto basta —replicó el judío con un suspiro —voy á enviar incontinenti al Camastron...

—No me conviene; el Camastron es demasiado Camastron y puede que se olvidase de volver. Además podria suceder tambien, que perdiese el camino ó que cayera en una trampa, ó se valiera de cualquiera otra escusa de esta clase, si vos le inspirais la idea... Será mejor que Nancy vaya con vos á buscar el plus: esto es mas seguro. Yo entre tanto me acostaré y echaré un sueño.

Despues de muchas contestaciones y regateos de una parte y otra, el judío redujo la suma de cinco libras exijida por Sikes á tres libras cuatro chelines seis peniques, protestando con juramento que no le quedarian mas que un chelin y seis peniques para subvenir á la manutencion de la casa. A lo que habiendo contestado Sikes con tono brusco que si no habia medio de procurarse mas, era preciso conformarse. Nancy se preparó para salir con Fagin, en tanto que el Camastron y maese Bates arreglaban los comestibles en la alacena.

Entonces el judío se despidió de su amigo y regresó á su casa acompañado de sus educandos y de Nancy. Sikes al verse solo se echó sobre la cama y se dispuso á dormir para matar el tiempo hasta la vuelta de la jóven.

Aquellos llegaron á dicha casa en la que encontraron á Tobias Crachit y al señor Chattiling con ánimo de emprender su quincuagésima partida de los cientos.

—Ha venido alguien, Tobias? preguntó el judío.

—No he visto á alma viviente —respondió Crachit tirando el cuello de su camisa.