En esto el judío manifestó que era ya mas que tiempo de andar á caza, pues que habian dado las diez y todavia no se habia hecho nada y los alanos partieron para distribuirse á los barrios respectivos.

—Ahora Nancy —dijo aquel cuando hubieron dejado el aposento —voy á buscar ese dinero. Esta es la llave del armario pequeño donde cierro todo lo que me llevan mis jóvenes educandos. Querida, jamás cierro mi dinero con llave; porque no tengo para ello lo bastante... ah! ah! ah! No ciertamente; no tengo mas que una miseria... Nancy, pobre es nuestro comercio! no dá para el calzado que cuesta... y si no fuera por lo que quiero á los muchachos tiempo hace que hubiera renunciado... Pero los ayudo querida; los sostengo Nancy... toda la carga es para mi, hija mia... Chiton! —dijo escondiendo precipitadamente la llave en su pecho —Quién puede ser? escucha!

La jóven que estaba sentada con los brazos cruzados y los codos apoyados sobre el borde de la mesa, afectó la mayor indiferencia, á la llegada de un tercero y pareció darse poco cuidado en saber cual era la persona que venia á tal hora, cuando el cuchicheo de una voz de hombre hirió su oido. Entonces se quitó el sombrero y el chal con la rapidez del rayo, los arrojó sobre la mesa, lamentándose del calor con un tono lánguido que contrastaba singularmente con la viveza de sus movimientos; lo que no advirtió el judío por haberse vuelto en este momento de espaldas.

—Ah! ah! —dijo como contrariado por la visita del importuno —es el hombre que esperaba... Va á bajar aquí Nancy. No tienes necesidad de hablar de ese dinero en su presencia... lo oyes? No estará mucho tiempo querida... diez minutos lo mas.

El judío tomó la vela y fué á abrir la puerta al visitador.

—Es una de mis muchachas. —dijo el judío viendo á Monks (porque era el mismo) retroceder á la vista de la jóven. —No te muevas de aquí, hija mia!

Esta aprocsimándose á la mesa miró á Monks con aire indiferente y bajó al momento los ojos; pero habiéndose este vuelto hácia el judío para dirijirle la palabra, le lanzó al soslayo una nueva mirada tan diferente de la primera, tan viva y penetrante que si alguno hubiese estado allí para notar la diferencia, le hubiera costado mucho convencerse de que proviniesen de la misma persona.

—Teneis alguna nueva noticia que comunicarme? —preguntó el judío.

—Si, una muy grande! —respondió Monks.

—Y buena... sin duda? —volvió á preguntar el judío vacilando como si temiese disgustar al otro por exceso de curiosidad.