—Cómo podeis saberlo? —preguntó Noé.

—No tenemos en Londres tanto polvo como el que miro —contestó Fagin señalando con el dedo los zapatos de Noé.

—Teneis á mi ver el aire de un perillan —dijo Noé —Ha!.. ha! ha!

—No se puede menos de serlo en una ciudad como esta.

Acompañó esta observacion, con un golpecillo sobre su nariz dado con el index de su mano derecha; gesto que Noé quiso imitar pero hizo pífia, á causa de la poca tela que el suyo ofrecia en esta parte de su rostro. Fagin satisfecho de la intencion, compartió liberalmente con nuestros dos amigos el licor que Barney habia traido.

—Esto es añejo —observó Noé haciendo castañear sus lábios.

—Si; pero es caro! dijo Fagin... Un hombre necesita vaciar bolsillos, ridículos, casas, carruages y hasta el Banco, si quiere beber de ello en todas sus comidas.

A tales palabras Noé se dejó caer en el respaldo de su silla y miró alternativamente á Fagin y á Carlota.

—No os asusteis querido! —dijo Fagin acercándose á Noé —Ha! ha! Ha sido mucha fortuna que haya sido yo solo quien os ha oido, por la mayor de las casualidades.

—Yo no he sido el que ha sillado la bicoca! balbuceó Noé no alargando ya sus piernas como un hombre independiente sino encajándolas lo mejor que pudo bajo su silla; ella es la que ha dado el golpe. Todavía la tienes sobre de tí, Carlota; no puedes decir lo contrario.