—Bravo! —contestó Fagin dándole un golpecillo sobre la espalda; —sois un génio, querido!
—Seguramente y por esto he resuelto venir á Londres —replicó Noé —Pero harémos bien en no perder el tiempo, porque ella no tardará á volver.
—Teneis razon. Al caso —dijo el judío —Ea; veamos! si mi amigo os gusta ¿creéis que será lo mejor asomaros con él?
—Hace buenos negocios? Este es el quid del asunto! preguntó Noé guiñando sus ojuelos.
—Los hace escelentes —respondió el judío —ocupa una multitud de manos y tiene á su servicio los trabajadores mas hábiles y mas distinguidos de la profesion.
—Como si dijéramos maestros obreros, he? preguntó al señor Claypole.
Luego el judío y su nuevo asociado se pusieron á pasar revista á todos los modos de robar conocidos y desconocidos. A cada proposicion, Noé encontraba siempre que objetar: ya el género de comercio era demasiado peligroso, porque, ya como tenemos dicho la bravura no entraba en las cualidades dominantes de este héroe; ya no redituaba lo bastante y la rapacidad de maese Claypole no se encontraba satisfecha; y si algo habia difícil de satisfacer, era esta rapacidad; porque si el tal Claypole hubiese sido dividido en dos partes creemos que la gula se hubiera apoderado de todo el lado derecho y la avaricia del izquierdo al lado del corazon. Al fin encontró un género de ocupacion á su gusto: quedó convenido que se dedicaria á la caza menuda.
—Qué se entiende por esto? preguntó.
—La caza menuda son los chicuelos, que van por recados. Cuasi siempre llevan en la mano un cheling ó una pieza de seis sueldos, se les hace la zanjadilla, se toma su dinero y se sigue el camino!
—Ah! ah! hé aquí mi negocio!