Noé Claypole, ó Mauricio Bolter (como mejor le parezca Hamarle el lector), siguiendo la direccion que le habia dado Cárlos Bates, que tenia un conocimiento exacto de los sitios, llegó sin obstáculo al santuario de la justicia.

Buscó con la vista al Camastron; pero aunque vió muchas mujeres que hubieran podido muy bien pasar las unas por la madre y las otras por las hermanas de ese apreciable jóven y que entre los hombres que aparecieron en el banco de los acusados, hubiese mas de uno que se le pareciese lo bastante para que se le tomase por su hermano ó por su padre, no apercibió con todo entre los jóvenes de su edad, nadie que respondiese á las señas que le habian dado. Esperaba con impaciencia cuando apareció un jóven preso que reconoció al momento por Jaime Dawkins.

En efecto era el Camastron quien con las mangas arremangadas, como de costumbre, la mano izquierda en su bolsillo y sosteniendo con la derecha su sombrero, entró resueltamente seguido del carcelero. Despues de haber tomado asiento en el banco de los acusados, preguntó con tono semi-sério y semi-cómico la razon por la cual se le trataba de una manera tan indigna.

—Silencio! —gritó el carcelero.

—Soy inglés, no es cierto? —dijo el Camastron —Dónde están mis privilegios?

—Pronto los tendréis vuestros privilegios y sazonados con su correspondiente sal y pimienta —replicó el carcelero.

—Verémos lo que el ministro del interior tendrá qué decir á los picos si se me retiran mis privilegios —contestó Jaime Dawkins. —¿Ahora queréis hacerme el favor de decirme que significa toda esa farándula? Os agradeceré —prosiguió dirijiéndose á los magistrados —que termineis pronto este pequeño asunto, no me tengais aquí en suspenso divertiéndoos en leer esos periódicos porque tengo una cita con un caballero en la Cité y como sabe que soy muy exacto cuando se trata de negocios y que jamás he faltado á mi palabra, os prevengo que se irá si no llego á la hora convenida. Si así lo haceis no reclamaré daños ni perjuicios como tengo el derecho de redamarlos contra los que me han hecho perder el tiempo.

Habiendo dicho estas palabras con una volubilidad extraordinaria, pidió al carcelero le dijera los nombres de los dos viejos buos (señalando á los magistrados), que estaban sentados al mostrador, lo que exitó en tan alto grado la hilaridad de los espectadores, que rieron de tan buen corazon como hubiera podido hacerlo maese Bates estando presente allí.

—Silencio! —gritó el carcelero.

—De qué se trata? —preguntó uno de los jueces.