—De un robo señor presidente —contestó el carcelero.

—Ese muchacho ha comparecido ya otra vez aquí?

—No ha comparecido ante este tribunal, señor presidente, aunque lo haya merecido mas de una vez, pero respondo que ha estado mas de una vez en otra parte. Lo conozco desde largo tiempo.

—Ah! me conoceis! —dijo el Camastron, tomando nota de las palabras del carcelero. —Bueno es saberlo. Me acordaré de ello. Esto no es mas que una calumnia y una calumnia en regla.

Estas espresiones fueron seguidas de nuevas carcajadas entre la multitud y de otro «Silencio!» por parte del carcelero.

—Dónde están los testigos? —preguntó el escribano.

—Es justo; al hecho! —replicó el Camastron —Donde están. Tengo curiosidad de verlos.

Pronto quedó satisfecho sobre este punto; porque un policemon adelantándose declaró que entre la muchedumbre habia visto al prisionero introducir su mano en el bolsillo de un desconocido, retirar de el un pañuelo que examinó con atencion y no habiéndolo encontrado sin duda bastante bueno para él, volverlo del mismo modo despues de haberse sonado los mocos dentro; que en consecuencia lo habia arrestado por este hecho y que habiendo sido registrado en forma de derecho se le habia encontrado encima una caja de polvo de plata, sobre cuya tapadera estaba gravado el nombre del caballero á quien pertenecia, el cual estaba tambien presente á la audiencia.

Este caballero cuyo domicilio se habia encontrado por medio del Almanaque del Comercio, juró que la caja de polvo era realmente suya y que la habia perdido la víspera anterior en el momento de abrirse paso entre la muchedumbre. Añadió que habia notado á un jóven afanoso de atravesar el tropel y que ese jóven era el prisionero que tenia á la vista.

—Jóven teneis alguna observacion que hacer al testigo aquí presente? dijo el magistrado.