—No ciertamente, querido mio! El escamoteo de los tres botes de estaño demuestran sin duda, alguna destreza; pero el del jarro, —para leche es toda una obra maestra.

—No es maleja que digamos para un debutante! —repuso el señor Bolter con tono de complacencia —he descolgado los botes de una verja de hierro ante una casa acomodada y como el jarro para leche estaba en el lindar de la puerta de un figon lo he recojido temeroso de que no se enmoheciese ó que no cojiese un resfriado; esto es muy justo, no es cierto? ah! ah! ah!

El judío fingió reir á carcajadas y Mr. Bolter haciendo lo mismo de buena gana, hincó el diente en su primera rebanada de pan y de manteca; y apenas la hubo despachado, se cortó una segunda.

—Bolter! —dijo Fagin poniéndose de codos sobre la mesa —Necesito de vos, para un golpe de mano que exije mucha prudencia!

—Tate! no vayais á esponerme ahora en algun peligro, á enviarme á un tribunal de policía! Os prevengo que esto no me conviene, ni me puede dar mucho gusto!

—Querido; no hay que correr el menor peligro! Se trata únicamente de seguir á una mujer y espiar sus acciones.

—Una vieja?

—No; una jóven!

—Pues puedo hacerlo á las mil maravillas! Caramba! en la escuela ora un famoso soplon! ¿Por qué es necesario que yo la siga? Creo no será por...

—No —interrumpió Fagin. No hay mas que hacer, sino decirme donde va, quien vé y si es posible lo que hace; recordar el nombre de la calle, si es una calle, ó bien de la casa si es una casa y comunicarme en fin todas las noticias que podais recoger.