La noche era oscura. Durante todo el dia el cielo habia estado nublado y á esta hora, sobre todo en este sitio, habia muy poco concurso de gente.

Una broma espesa que cubria al rio daba un tinte pálido á la luz rojiza de los faroles que ardian en las lanchas.

Sonó la media noche; el duodécimo golpe vibraba aun en el aire cuando una jóven señorita y un caballero de cabellos blancos, bajando de un fiacre á alguna distancia, se dirijieron hácia el puente despues de haber despedido al cochero. Apenas habian dado algunos pasos, Nancy se estremeció y al momento fué á ellos.

Marchaban aquellos como gentes que no esperan encontrar á la persona que buscan, cuando se hallaron cara á cara con la jóven. Se detuvieron dando un grito de sorpresa que luego reprimieron; porque un hombre en traje de menestral paso rápidamente por su lado en el mismo instante.

—Por aquí! —dijo Nancy con ansiedad. Temo hablaros en este sitio; seguidme al pié de la escalera.

Al decir estas palabras el menestral volvió la cabeza y preguntando bruscamente porque ocupaban ellos solos todo la acera prosiguió su camino.

La escalera de que hablaba Nancy estaba al estremo del puente en la ribera del condado de Surrey.

Sus escalones que forman una parte del puente, consisten en tres tramos ó mesetas. Al pié de la segunda meseta el muro de la izquierda termina con una pilastra haciendo frente al Támesis. Llegado al pié de esta segunda meseta el menestral lanzó una mirada á su alrededor y viendo que no habia otro sitio para ocultarse y que además la marea entonces muy baja, dejaba mucha plaza, se echó de costado, la espalda arrimada á la pilastra y esperó allí á nuestros tres amigos casi seguro de que no bajarian mas, y que si no podia oir su conversacion podria al menos seguirlos de nuevo con toda seguridad.

Se determinaba ya á salir de su escondrijo y pensaba volver á subir, cuando oyó resonar un ruido de pasos sobre la piedra y luego las voces de varias personas hirieron su oido. Entonces se incorporó, se apretó contra él, miró y respirando apenas escuchó con atencion.

—Paréceme que nos alejamos demasiado —dijo el caballero. —No puedo permitir que esta señorita baje un escalon mas; personas habria, que teniendo en vos la poca confianza que debeis inspirar, ni siquiera hubieran consentido en llegar hasta aqui! Pero como veis, soy aun complaciente.