—Si á esto llamais ser complaciente! —contestó Nancy —Sois en verdad muy sensato! complaciente! Ba! es igual!
—No; pero decidme —repuso el caballero con tono mas dulce —¿por qué nos habeis llevado á este sitio endiablado? Por qué no allá arriba donde al menos transita alguna gente, mas bien que en esta horrible ladronera?
—Ya os he dicho que no me gusta hablaros allá arriba —contestó la jóven estremeciéndose —no se lo que tengo, pero esperimento tal espanto esta noche, que apenas puedo sostenerme. No sé de que proviene... quisiera saberlo. Todo el dia de hoy he sido atormentada, por los mas horribles pensamientos de muerte y de sudarios cubiertos de sangre, hasta producirme fiebre y delirio. Por la noche he querido distraerme leyendo, hasta llegar la hora y he visto las mismas cosas en el libro...
—Esto es efecto de la imaginacion —dijo el caballero.
Vuestros sacerdotes orgullosos hubieran erguido la cabeza á la vista de mis tormentos y me hubieran predicado llamas y venganza —esclamó la jóven —Oh! mi buena señorita! Por qué los que se dicen enviados de Dios y reclaman el titulo de ministros del Todo-poderoso no son para nosotros pobres miserables, buenos é indulgentes?
—Por qué no estuvisteis aquí el domingo pasado?
—No pude venir; fuí detenida á la fuerza.
—Por quién?
—Por Guillermo, el hombre de quién he hablado á la señorita.
—Creo no habrá tenido sospecha, sobre el asunto que os conduce aquí?