—No; —contestó la jóven sacudiendo la cabeza. Me es muy difícil dejarle, á menos que no sepa porque. Cuando decidí ir á encontrar á la señorita no hubiera podido verla, si para hacerle dormir no hubiese metido Laudano en la pocion que le dí.
—Dormia aun cuando volvisteis? —preguntó el caballero.
—Sí; y ni él ni los demás han tenido la menor sospecha.
—Está bien —dijo el caballero —Ahora escuchad.
—Estoy pronta á oiros.
—Esta señorita que veis, me ha comunicado á mi y á algunos amigos (en la discrecion de los cuales se puede descansar con toda confianza), lo que le dijisteis hace quince dias. Para probaros que me fio de vos, os diré francamente que nos proponemos arrancar de ese Monks su secreto (cualquiera que el sea) y que para ello, aprovecharémos la ventaja, si es necesario de los terrores pánicos á los cuales dicen está sujeto. Pero si á pesar de esto, no podemos apoderarnos de él, ó bien una vez en nuestras manos nada quiere confesar, será preciso entonces consentir en entregarnos al judío.
—Fagin! —esclamó Nancy retrocediendo un paso.
—Sin duda. Es preciso que nos entregueis á ese hombre.
—No lo espereis! Por horrible que haya sido su conducta para conmigo, jamás haré lo que me pedís!
—Estais bien resuelta!