—Creo, —repuso Sowerberry —que puesto que pago tanto por ellos, es muy justo saque de ello todo el provecho posible. He aquí porque bien refleccionado, no seria malo tomar ese niño para mi.
Mr. Bumble cojíó el zampa—muertos por el brazo y lo hizo entrar en la casa. Mr. Sowerberry estuvo encerrado con los Administradores por espacio de cinco minutos durante los cuales se convino en que tomaria á Oliverio por vía de prueba y que á este efecto este último iria aquella noche misma á su casa.
Cuando al comparecer Oliverío en la propia tarde ante aquellos señores, supo que iba á entrar de aprendiz en casa un fabricante de ataudes y que si se quejaba de su condicion ó bien volvia otra vez á cargo de la parroquia, se le embarcaria con peligro de ser machucado ó anegado, demostró tan poca emocion que todos á una esclamaron que era un pilluelo de corazon endurecido y Mr. Bumble recibió la órden de llevarlo al momento.
Este acatándola sin demora, condujo al pobre Oliverío á casa su nuevo patron, administrándole por vía de despido algunos bastonazos y algunos consejos propios de un digno pertiguero. El niño lloraba y se consideraba tan solo y abandonado que no pudo menos de hacerlo notar á Mr. Bumble. Cualquier otro mortal se hubiera tal vez enternecido al ver el dolor candoroso del infortunado. Pero un pertiguero! Mr. Bumhle creia á la sensibilidad indigna de su dignidad parroquial.
El empresario acababa de cerrar las puertas de su tienda y se preparaba para inscribir algunas entradas en su gran libro á favor de una vela cuya claridad sombría se adaptaba muy bien con la tristeza del sitio, cuando entró Mr. Bumble.
—Ah! ah! —dijo alzando la vista de sobre su libro y parándose á la mitad de una palabra —Sois vos Mr. Bumble?
—Yo mismo Señor Sowerberry. —contestó este —Aquí teneis el muchacho. (Oliverio saludó.)
—Ah! Bien venido; —dijo el otro levantando el candelero sobre su cabeza para inspeccionar mejor á Oliverio —Señora Sowerberry. ¿Podeis llegaros por un momento querida?
La Señora Sowerberry salió de la trastienda y presentó la forma de una muger baja, delgadita y de talante ceñudo y regañon.
—Querida! —dijo su marido con deferencia —Este es el muchacho de la casa de caridad de quien os he hablado. (Oliverio saludó de nuevo.)