—Buen Dios! y que pequeño! —dijo esta.
—Un poco es verdad! —replicó Mr. Bumble mirando á Oliverio con aire de reconvencion, como si hubiera sido culpa del niño el no ser mas grande —Es algo pequeño sí, Señora Sowerberry; pero el crecerá no lo dudeis.
—Ah! sin duda que crecerá — repuso secamente la señora —con nuestra bebida y nuestra comida.
—Maliciosa! —Ya lo sabeis; ninguna ganancia hay en los muchachos de la parroquia, ellos siempre cuestan mas caros de lo que valen.
—A pesar de esto los hombres se imaginan que siempre tienen mas razon que sus mugeres. Adelántate tu pequeño esqueleto!
Al mismo tiempo abrió una puertecita y empujó á Oliverio hacia una escalera rápida que conducía á una pequeña habitacion sombría y húmeda adherida al lañero que se llamaba la cocina, y en la que estaba sentada una jóven haraposa calzando zapatos destalonados y llevando unas medias de estambre azules todas horadadas.
—Carlota! —dijo la Señora Sowerberry que habia seguido á Oliverio — Dad á ese muchacho algunos de los pedazos de fiambre que habeis apartado esa mañana para Frip: pues que no ha vuelto á casa en todo el dia se pasará sin ellos. Creo que no te sabrá mal el comerlos, no es verdad?
Oliverio, cuyos ojos chispearon al oir hablar de fiambre, y que anticipadamente se estremecia con el deseo de devorarlos, respondió inmediatamente que no y fué colocado ante él un plato de fiambre compuesto de los pedazos mas groseros y heterogéneos.
En un minuto Oliverío engulló todo lo que habia en el plato sin darse la pena de mascarlo. La Señora Sowerberry le contemplaba con horroso silencio considerando este apetito como de siniestro augurio para el porvenir. Luego le condujo en medio de los ataudes y con su agasajo ordinario le encajó debajo el mostrador que era el dormitorio destinado al novel aprendiz.