—¿Monks ignorará siempre por quien habeis sabido todo lo que sabeis? —dijo la jóven despues de un momento de silencio.
—Siempre! —contestó el caballero —Os aseguro que obrarémos de modo que ni la mas leve sospecha podrá entrar en su alma.
—A pesar de que desde mi mas tierna infancia he vivido entre los mentirosos y por consiguiente la mentira, me sea familiar —dijo Nancy despues de otro momento de silencio —acepto vuestra palabra y me entrego enteramente á vosotros.
Despues de obtenida la seguridad de Rosa y del caballero que podia estar perfectamente tranquila, empezó (con vos tan baja que el espia apenas podia oirla) por dar las señas de la taberna, donde habia estado aquella noche. Por las pausas que hacia hablando, se hubiera podido creer que el caballero tomaba nota de dichas señas. Cuando le hubo esplicado las circunstancias del sitio, desde donde podia mirarse exitar la atencion; cuando hubo dicho la hora de la noche y cuales eran los dias en que Monks solia frecuentar esa guarida, pareció reflecsionar un momento para recordar la fisonomía del hombre en cuestion y estár en mejor estado de hacer su filiacion.
—Es alto, muy récio; pero no gordo. Al verle andar se crreria que va hacer una mala jugada, porque mira constantemente á uno y otro lado. Tiene los ojos de tal modo hundidos en la cabeza que por esto solo podriais conocerle perfectamente. Es de piel muy morena y aunque no tenga mas allá de veinte y seis ó veinte y ocho años, sus ojos son secos y hoscos. Sus lábios están ordinariamente marchitos y descoloridos por las señales de sus dientes; porque está sujeto á terribles convulsiones y muy amenudo se muerde las manos hasta hacerse sangre... Por qué os estremeceis? —dijo la jóven parándose de golpe.
El caballero se apresuró á responder que no sabia si se habia estremecido y la suplicó que continuára.
—Esto lo he sabido por las personas de la casa de que os he hablado —prosiguió la jóven —porque yo no le he visto mas que dos ó tres veces y aun en ellas iba embozado en una gran capa. Creo que esto es todo lo que puedo deciros... Apropósito... esperad! Cuando vuelve la cabeza se descubre en su cuello un poco más arriba de su corbatin...
—Una gran cicatriz roja como una quemadura! —esclamó el caballero.
—Qué significa... entónces vos le conoceis? —dijo la jóven.
La señorita lanzó un grito de sorpresa y los tres permanecieron por algunos momentos en silencio tan profundo que el espia hubiera podido oir su respiracion.