—Sí, sí! —contestó la jóven —teneis mucha razon!
—Cómo acabará pues la existencia miserable de esta pobre jóven? esclamó Rosa.
—Cómo? contestó ésta —mirad ante vos, señorita! fijad la vista sobre esa agua que ruje á vuestros piés! Cuántas veces no habréis oido hablar de pobres desgraciadas como yo que se han precipitado en ella, fatigadas como estaban de la vida!
—No hableis así... os lo suplico —dijo Rosa sollozando.
—Será esta la última vez que oigais tales palabras, buena señorita. No permitirá Dios que tales horrores vengan jamás á mancillar vuestros castos oidos! Buenas noches! Adios!
El caballero se volvió como para prepararse á partir.
—Tomad esta bolsa —esclamó Rosa —guardadla por amor de mi y para que tengáis algun recurso en la necesidad.
—No, no! —contestó la jóven —el oro no me tienta, ni es el interés quien me hace obrar en esta circunstancia... creedlo... con todo dadme alguna cosa... algo que vos hayais llevado... Quisiera tener algo vuestro... No; no un anillo... vuestros guantes ó vuestro pañuelo... gracias, gracias! Dios os bendiga! Adios!
La agitacion estrema que dominaba á la jóven y el temor que tenia de que fuera maltratada á su regreso, en el caso de ser descubierta, fueron los que determinaron al caballero á partir.
El y Rosa aparecieron luego sobre el puente y se detuvieron un momento en el último escalon de la escalera.