—Teneis un hermano —dijo con calor Mr. Brownlow —un hermano cuyo nombre solo, pronunciado en voz baja á vuestro oido, cuando estaba tras de vos en la calle, ha bastado para obligaros á seguirme, á pesar de la repugnancia que tenias en hacerlo.
—Yo no tengo hermano!.. —replicó Monks —Ignorais sin duda que soy hijo único.
—Escuchad lo que voy á deciros; —continuó Mr. Brownlow— ello no dejará de interesaros. Sé muy bien que sois el solo é indigno fruto de un enlace fatal que el orgullo de familia y el interés sórdido, obligaron á contraer á vuestro padre niño aun.
—Hago poco caso de vuestros epitetos —interrumpió Monks con una sonrisa forzada —Confesais el hecho, y me basta.
—Pero sé tambien cuales fueron los males causados por tan funesta union —prosiguió Mr. Brownlow —Sé, cuan pesada fué para los dos, la cadena que debieron arrastrar en el mundo, á los ojos de este mundo que ningun encanto tenia ya para ellos. Sé que las formalidades glaciales de la etiqueta, fueron reemplazadas por los reproches, que la indiferencia cedió su puesto al desprecio, el desprecio al disgusto, y el disgusto al ódio hasta que al fin no pudiendo sufrirse el uno al otro se vieron obligados á separarse.
—Y bien! se separaron —dijo Monks. ¿Esto qué prueba?
Despues de algun tiempo de separacion —continuó Mr. Brownlow —y cuando vuestra madre lanzada en el torbellino del gran mundo, hubo olvidado completamente al hombre que le habian dado por marido y que era mas jóven que ella, á lo menos de once años; éste, que hasta entonces habia llevado una vida retirada, adquirió nuevas relaciones. Ya sabeis vos esto; estoy seguro.
—No —dijo Monks —Nada sé.
—Vuestro semblante prueba lo contrario. De lo que hablo, hace cerca quince años; vos teniais entonces diez ú once y vuestro padre no mas que treinta porque lo repito, no era mas que un niño cuando su padre le obligó á casarse. ¿Deberé recordar un acontecimiento que por respeto á la memoria de vuestro padre, quisiera pasar en silencio, ó quereis evitarme la pena de ello confesándome la verdad?
—Como nada sé, nada tengo que decir!.. —contestó Monks.