—Entre las nuevas amistades que adquirió vuestro padre —prosiguió Mr. Brownlow —se contaba la de un oficial de marina, viudo desde bacia seis meses y que vivia solo con dos hijos. Habia tenido muchos; pero felizmente habia perdido los otros. Eran dos hijas; la una un ángel de hermosura que en esta época podia tener diez y ocho años, y la otra una niña de dos ó tres años.
—Qué puede importarme esto á mí? —preguntó Monks.
—Ese oficial de marina —añadió Mr. Brownlow sin parecer parar la atencion á la pregunta de Monks —habitaba una casa en ese distrito de la Inglaterra que vuestro padre recorrió en la época de sus desgracias, y en cuya casa fué hospedado. Poco tiempo fué necesario para que se ligaran con una estrecha amistad. Vuestro padre poseia ventajas que poseen pocos hombres; era un hermoso muchacho y abrigaba su corazon franco y generoso como su hermana. Cuanto mas le conoció el anciano oficial mas le amó. Desgraciadamente sucedió lo mismo con su hija... Antes de transcurrir un año estaba ya ligado por medio de un juramento con esta jóven vírgen, víctima de una pasion viva y sincera... de un primer amor en fin.
—Vuestro cuento es de los mas largos —observó Monks mohíno.
—Es, jóven, una relacion, de desgracias, de tristezas y de miserias —replicó Mr. Brownlow —y tales cuentos (como os place llamarlos) son siempre largos. En fin uno de los parientes de vuestro padre (por amor al cual fué sacrificado, como tantos otros) murió; y como si hubiese querido reparar el mal de que habia sido causa, le legó toda su fortuna que era considerable. Vuestro padre tuvo que dirigirse á Roma, donde este pariente habia ido para su salud y donde murió sin haber puesto en arreglo sus asuntos. Fué pues allí y cayó gravemente enfermo. Vuestra madre que lo supo en Paris, donde habitaba entonces, partió al momento con vos para ir á encontrarle. Murió el dia de vuestra llegada sin haber hecho testamento; de suerte, que su fortuna os cabió en reparto á los dos.
A este punto de la relacion Monks prestó oido atento, sin mirar con todo á Mr. Brownlow.
—Antes de embarcarse y al pasar por Londres —prosiguió Mr. Brownlow —mirándole fijamente, vuestro padre vino á verme.
—Jamás he tenido noticia de esto —replicó Monks.
—Si jóven; vino á verme, y me dejó entre otras cosas un retrato pintado por él mismo... el retrato de aquella jóven que no podia llevarse... Estaba agoviado por los remordimientos; se acusaba de haber causado la ruina y la deshonra de una familia, y me confió la intencion que tenia de convertir todos sus bienes en dinero (costarle lo que le costare) y despues de haberos dejado á vos y á vuestra madre una parte de ese dinero, huir á pais estraño. Adiviné bien que no huiria solo... Nada mas me dijo, y me ocultó el rostro... á mi, su amigo antiguo... su amigo de infancia! Prometió escribirme; decírmelo todo y volverme á ver una sola y última vez antes de dejar para siempre la Inglaterra... Ay!.. no debia verle ya mas, y ni aun recibí carta suya. Algun tiempo despues de su muerte —continuó Mr. Bronwlow —fui personalmente al domicilio del padre de la jóven, resuelto, en el caso de que mis temores fueran demasiado fundados á ofrecer asilo y proteccion á una pobre jóven errante que un amor culpable (segun el mundo) habia arrastrado á su pérdida. Hacia ocho dias que habian abandonado el pais. Despues de haber pagado algunas pequeñas deudas, habian partido de noche. Donde, y porque esto es lo que nadie pudo decirme.
Monks pareció encontrarse mas á satisfaccion, y lanzó á su alrededor una mirada triunfante.