—Cuando vuestro hermano —prosiguió Mr. Brownlow acercándose á Monks —pobre y oprimido cayó entre mis manos (no diré por la mayor de las casualidades sino por los cuidados de la providencia) y le salvé del vicio y del oprobio...

—Qué! —esclamó Monks estremeciéndose de sorpresa.

—Si jóven, yo mismo —replicó Mr. Brownlow. Os he dicho que acabaria por interesaros. Sé bien que vuestro ladino compañero no os ha dicho el nombre del que habia amparado al pequeño Oliverio: sin duda tenia para ello sus razones. Cuando pues ese pobre niño fué recibido por mí, y hubo pasado todo el término de su convalescencia, su semejanza perfecta con el retrato de que os he hablado, me llenó de asombro. Mas en el mismo instante en que le ví por la primera vez cubierto de harapos, noté al momento en su fisonomía una espresion lánguida que me recordó los rasgos de una persona que me habia sido muy querida... No tengo necesidad de deciros, que fué cojido otra vez por vuestros asociados antes de saber su historia.

—Por qué no?.. —preguntó vivamente el otro.

—Porque estais muy enterado de ello.

—Yo!

—Es inútil el negar —dijo Mr. Brownlow —Voy á probaro que sé mas de lo que os figurais.

—Nada podeis probar contra mí! —balbuceó Monks —Os desafio á que probeis, que yo figuré en ello para nada!

—Esto es lo que vamos á ver —repuso Mr. Brownlow lanzando á Monks una mirada escudriñadora —Perdí á Oliverio y todo lo que pude hacer para volverlo á encontrar fué inútil. Habiendo muerto vuestra madre, sabia que solo vos podiais aclarar este misterio, y como os hallabais entonces en la India donde de resultas de ciertas fechorías, debisteis refugiaros para evitar aquí cuestiones con la justicia, hice un viaje allí. Hacia algunos meses que habiais regresado á Londres; y tambien regresé. Ninguno de vuestros corresponsales pudo decirme donde habitabais: —ibais, —y veniais —me dijeron —sin residir positivamente en tal ó cual sitio, llevando el mismo género de vida, que antes de vuestra partida para la India. Azoté calles noche y dia con la esperanza de encontraros, y como veis hasta hoy no he podido lograrlo.

—Y aquí me teneis! —dijo Monks con descaro levantándose de su silla. —En fin que me queréis?.. El fraude, y el robo son dos hermosas palabras justificadas (segun vos) por una semejanza imaginaria entre un diablillo y un hombre que no existe desde hace muchos años... Mi hermano!.. Vos ignorais á lo que veo que de aquella union criminal resultan un niño... ni aun esto sabeis!