—Exijo de vos mas que esto —añadió Mr. Brownlow —Es preciso que hagais una restitucion á vuestro hermano. Aunque ese pobre niño sea el fruto de un amor culpable no por ello es menos vuestro hermano. Sabeis las cláusulas del testamento, ejecutadlas por lo que atañe al pequeño Oliverio, é id luego donde querais.
Mientras que Monks se paseaba arriba y abajo en la sala reflecsionando en las condiciones terminantes que le imponia Monsieur Brownlow, Mr. Losberne entró muy conmovido.
—No puede dejar de ser cojido —esclamó.
—El asesino, queréis decir? preguntó Mr. Brownlow.
—Sí, sí —repuso el doctor —se ha visto á su perro en los alrededores de una casa que frecuenta ordinariamente; su amo está sin duda dentro ó sino entrará en ella probablemente por la noche. La policía está al acecho; he hablado á los hombres encargados de prenderle, y me han asegurado que no puede escapárseles. El gobierno ha hecho publicar una recompensa de cien libras esterlinas al que le pondrá la mano encima.
—Yo daré cincuenta mas —dijo Mr. Brownlow —y haré yo mismo el ofrecimiento en el mismo sitio si me es posible trasladarme á él. Dónde está Mr. Maylie?
—Enrique?.. Luego que os ha sabido en seguridad con este desconocido —respondió el doctor —ha mandado ensillar su caballo y ha ido á ver lo que ocurre.
—Y el judío?
—Aun no habia sido preso cuando me he informado de todo esto —pero pronto lo será.
—Estais bien decidido?.. —dijo Mr. Brownlow al oido de Monks.