En un aposento superior de una de esas casas se hallaban reunidos tres hombres mirándose unos á otros en silencio; el uno era Tobias Crachit, el otro maese Chitling y el tercero llamado Kags, hombre de cincuenta años, cuyo rostro estaba cubierto de magulladuras y de cicatrices, era un presidario evadido.
—Querido —dijo Tobias dirijiéndose á Chitling —me hubieras dado mucho gusto si te hubieses refugiado en otra parte.
—Vaya una gracia! —añadió Kags —como si no hubiera bastantes casuchas, para venir aquí á comprometernos!..
—Me esperaba por cierto de vosotros una acogida tan lisongera —replicó Chitling con acento desconcertado.
—Crees tu —repuso Tobias —que sea muy grato para un mozo como yo, que vive retirado, todo lo posible, y que se ha sabido conservarse en su casa sin excitar la menor sospecha, recibir de improviso la visita de un particular que por muy amable y aun placentero que sea en el juego de cartas no deja por ello de estar en una posicion equívoca?
—Sobre todo cuando ese mozo hospeda en su casa á un amigo llegado de paises lejanos, mas pronto de lo que se esperaba, y que es á un mismo tiempo demasiado modesto y demasiado circunspecto para presentarse á los jueces á su regreso!.. repuso Kags.
—Cuándo ha sido preso el judío?.. —preguntó Tobias Crachit.
—A las dos de la tarde, justamente en el acto de comer... respondió maese Chitling. Carlota y yo hemos sido muy afortunados en habernos podido escapar por la chimenea de la cocina; en cuanto á Mauricio Bolter, se habia ocultado en el colador que habia tenido ocurrencia de poner boca abajo, pero sus largos remos que salian fuera lo han descubierto y tambien ha sido cojido.
—Y Betsy?
—Pobre Betsy! —dije Chitling con acento lastimero —ha ido allí para ver el cadáver, y la revolucion que esto la ha causado la ha vuelto loca.