Tobias sacudió la cabeza en señal de duda.
—Si esto fuera —repuso Kags —el perro nos atormentaria para que le acompañáramos, en el sitio. Creo mas bien que habrá pasado en pais estrangero, perdiendo á su perro.
Todos fueron de la opinion del presidario, y el perro encajándose en una silla, se puso á dormir.
Como era ya de noche, cerraron los postigos y pusieron una vela sobre la mesa. Los acontecimientos de los dos dias anteriores habian hecho tal impresion en ellos que se estremecian al menor ruido. Se acercaron el uno al otro y se hablaron en voz baja como si el cadáver de la jóven hubiera estado en el aposento vecino.
Largo rato hacia que permanecian en esta posicion cuando de repente llamaron á la puerta de la calle.
—Es el pequeño Carloto —dijo Kags.
Llamaron de nuevo con golpes redoblados.
—No; no es Carloto!.. el no llama nunca de tal modo.
Tobias Crachit se aventuró á mirar por la ventana, pero se retiró de ella temblando; su palidez decia lo bastante. El perro se puso al momento sobre sus patas y corrió hácia la puerta ladrando.
—Será preciso abrirle —dijo Tobias tomando la vela.