—No hay medio de hacer otra cosa?
—No; es preciso abrirle —replicó Tobias.
—No vayas á dejarnos sin luz —dijo Kags.
Crachit bajó á abrir, y volvió acompañado de un hombre con la cabeza envuelta en un pañuelo. Este hombre no era otro que Sikes. Puso su mano sobre el respaldo de una silla, luego, volviendo la cabeza se estremeció y fué á sentarse en otra silla arrimada á la pared.
—Por qué se halla aquí ese perro?.. preguntó.
—Ha venido solo; hace dos ó tres horas.
—¿Es verdad que el periódico de esa tarde anuncia que Fagin ha sido preso?
—Es verdad.
—Qué el diablo cargue con todos vosotros!.. dijo Sikes pasando la mano por su frente... Ni uno ni otro teneis nada que decirme?
Se miraron unos á otros con aire embarazado; pero ninguno desplegó los lábios.