Despues de una promesa tan galante la voz se puso á silvar.
Oliverio estaba harto acostumbrado á la realizacion de tales amenazas para tenor ninguna duda de que el dueño de la voz fuera qnien fuera cumpliese en palabra. Dcscorrió los cerrojos con mano trémula y abrió la puerta. Miro por algun tiempo al frente á derecha y á izquierda persuadido de que el incógnito que acababa de hablarle por el ojo de la llave, habia dado algunos pasos de mas para calentarse; porque no vió á nadie mas que un gordo muchacho de la escuela de la caridad, sentado sobre un guarda canton frente la tienda y ocupado en comer una rebanada de pan con manteca que cortaba en pedazos de la medida de su boca con una mala navaja y que tragaba en seguida con mucha voracidad.
—Perdon caballero. —dijo al cabo Oliverio no viendo parecer á nadie mas —Sois vos el que habeis llamado?
—He dado punta piés. —respondió el otro.
—Necesitais un ataud? —repuso Oliverio con ingenuidad.
A esta pregunta el muchacho de la caridad se puso furioso en grado superlativo y juró que Oliverio antes de poco necesitaria uno si se permitia bromear así con sus superiores.
—Mal espósito! Ignoras acaso quien soy yo? —dijo levantándose de guarda canton y adelantándose manos en la faltriquera y con insigne gravedad.
—No señor. —respondió Oliverio.
—Soy el Señor Noé Claypole. —prosiguió el otro —y tu estás bajo mi dependencia. Al avío! abre la tienda y saca las muestras. —Al mismo tiempo el señor Claypole administró un punta pié á Oliverio, entró en la tienda con un ademan magestuoso que le dió mucha importancia y se dirijió á la cocina para almorzar.
—Noé, acercaos á la lumbre. —dijo Carlota —He apartado para vos este pedacito de tocino que he eliminado del almuerzo del amo. Tu Oliverio —dijo á este que acababa de entrar despues de haber cumplido la comision de Noé —cierra esta puerta y coje esos mendrugos de pan que son para tí. Toma tu thé sobre ese cofre que está en aquel rincon y despacha pronto pues tienes que ir á guardar la tienda; ¿lo entiendes?