—Digo —prosiguió Enrique —que en una de los condados mas bellos de la Inglaterra, en medio de risueñas colinas y verdes praderas, existe una pequeña iglesia de aldea que me pertenece, Rosa, y de la que soy el pastor; cerca de esta iglesia está el presbiterio, habitacion rústica que vos embelleceréis con vuestra presencia, y que me haréis preferir mil veces á todas las dignidades á que he renunciado: tal es el rango que ocupo en el mundo, y que tendré una felicidad inmensa en compartir con vos...
CAPÍTULO XLIX.
EL ÚLTIMO DIA DE UN REO Á MUERTE.
LA sala del tribunal de los Assises se veia tapizada de rostros humanos desde el pavimento, hasta el techo. El menor espacio, el mas pequeño rincon, estaba ocupado.
Al centro de toda esta multitud, permanecia Fagin, con una mano apoyada en la baranda de madera colocada ante él, la otra en su oreja, y la cabeza inclinada hácia adelante para poder oir mejor el acta de acusacion que el fiscal leia á los señores jurados. De tanto en tanto, dirijia sobre ellos miradas ansiosas para ver si descubriria sobre sus fisonomías, el menor movimiento en su favor; y cuando los cargos que se le dirijian, quedaban probados con harta evidencia, miraba con ojo inquieto al tribunal.
Un ligero ruido en la sala le sacó de su abstraccion. Volvió la cabeza, y notó que los jurados se habian reunido para deliberar.
Lo comprendió, de un solo golpe de vista, la imágen de la muerte se presentó en su mente y dirijiendo sus miradas hácia el estrado vió que el jefe de los jurados dirijia la palabra al presidente —Silencio!..
Era solo para pedir el permiso de retirarse.
Los contempló, uno despues de otro para adivinar si le era posible en que partido se inclinaba el mayor número; pero inútilmente. Habiéndole dado el carcelero un golpe sobre la espalda, le siguió maquinalmente hasta el estremo del banco de los acusados para esperar allí la vuelta de los jurados.
De repente se restableció el silencio, y todas las miradas se dirijieron hácia la puerta lateral, por la que aquellos habian salido. Pasaron por su lado al entrar otra vez en la sala; pero le fué imposible distinguir nada en sus rostros: ellos estaban impasibles: «Si, el acusado es culpable!»