La sala retumbó por tres veces con las aclamaciones de la multitud y los de afuera respondieron con gritos de alegría al saber que seria ejecutado el lúnes prócsimo.

Cuando el rumor se hubo apaciguado, se le preguntó si tenia nada que decir contra la pena de muerte. Habia recobrado su primera actitud, y miraba alternativamente al presidente; pero hubo necesidad de repetirle por dos veces esta pregunta antes que pareciera comprenderla, y soto balbuceó entre dientes —que era un viejo, un pobre viejo —un desgraciado viejo. Luego guardó silencio.

Los jueces tomaron el bonete negro; el reo quedó en la misma postura; la boca entreabierta, el cuello tieso. Hubo una mujer en la galería que arrojó un grito penetrante, y el judío se volvió vivamente como si hubiese sido contrariado ó interrumpido. El presidente pronunció con voz conmovida la sentencia fatal, y el acusado permaneció todo este tiempo tan inmóvil como una estátua.

Se je condujo á lo largo de un corredor enlosado en el que habian algunos prisioneros que esperaban su turno, y otros que hablaban á sus amigos tras de una reja que daba al patio. A pesar de no haber allí nadie para hablarle, esos últimos retrocedieron al acercarse, á fin de facilitar á la gente de fuera, que se encaramaba á la reja para verle, el placer de contemplarle á satisfaccion, y le chiflaron, le silvaron y le llenaron de injurias.

Se sentó en un banco de piedra que servia á la vez de silla y de lecho, y bajando la vista al suelo, procuró reunir sus ideas. Por grados llegó á este desenlace terrible: «Condenado á ser colgado por el cuello hasta que resulte la muerte. Tal era la sentencia terrible: Condenado á ser colgado por el cuello hasta, que resulte la muerte!!!

Solo quedaba un dia, de vida; y apenas tuvo tiempo de pensarlo, que ya habia llegado el domingo!

Hasta el anochecer no empezó á sentir todo el horror de su posicion, no porque antes concibiera esperanza de obtener gracia, sino porque jamás pudo imaginarse que debiera morir tan pronto.

Se tendió en el banco de piedra y procuró recordar el pasado. Habiendo sido herido por el populacho el dia en que fué preso por la policía, llevaba un pañuelo atado en su cabeza; sus cabellos rojos caian sobre su frente arrugada; su barba llena de polvo y grasa, estaba embrollada en pequeños nudos; su tez lívida, sus ojos centelleantes sus megillas cóncavas daban horror al verlas. Ocho!.. nueve!.. diez!.. Si esto no era una mala pasada que se le jugaba, y esas tres horas se habian sucedido realmente con tanta rapidez, dónde estará cuando volverán á sonar?.. Las once!.. Dió la media noche cuando el último golpe de las once vibraba aun en sus oidos.

Las barreras pintadas de negro estaban ya colocadas al rededor de la plaza para contener la afluencia de la multitud que la curiosidad no dejaria de atraer en aquel sitio, cuando Mr. Brownlow acompañado de Oliverio, se presentó á la porteria; habiendo enseñado al portero un permiso de entrada firmado por uno de los cherifs y fué introducido al momento en la cárcel.

—Ese muchacho vá con vos al calabozo del sentenciado?.. —dijo el hombre que debia acompañarles á él. —No es muy buen espectáculo para los niños.