—Sin duda, amigo mio! Teneis mucha razon! —contestó Mr. Brownlow —pero su presencia es indispensable, y no puedo menos de llevarle.
El hombre los guió sin desplegar los lábios.
—Este es el sitio porque va á pasar —dijo cuando hubieron llegado á un pequeño patio enbaldosado, en el que trabajaban muchos carpinteros.
De allí pasaron por muchas verjas que les fueron abiertas desde el interior por otros carceleros. Despues de haber dicho á Mr. Brownlow que esperára un instante, el alcaide llamó con su manojo de llaves á una de las puertas forradas de hierro; esta se abrió y dos guardianes despues de haber cambiado con él algunas palabras en voz baja, hicieron señal á nuestros visitadores de que podian entrar en el calabozo.
El criminal estaba sentado en su banco, y balanceándose de uno y otro lado como una fiera cojida en el lazo.
El alcaide tomó á Oliverio por la mano; y habiéndole dicho por lo bajo que no tuviera miedo, miró al judío en silencio.
—Fagin!.. le dijo despues de un momento.
—Aquí estoy!.. Aquí estoy!.. —esclamó el judío tomando la misma posicion que tenia durante el curso de los debates —soy un anciano, milores!
—Ved ante vos á un sujeto que desea hablaros Fagin —dijo el alcaide poniéndole la mano sobre la espalda para hacer que se sentára otra vez —Vaya Fagin!.. ¿ya no sois un hombre?
—No lo seré mucho tiempo! —contestó el judío levantando la cabeza y mirando al alcaide con una espresion de rabia y de terror.