—Que me decís? —esclamó la Señora Sowerberry.
—La comida señora! —repuso el pertiguero con tono enfático —No mas que la comida. Lo habeis sobrecargado de alimento; habeis erijido en él un alma y una inteligencia artificiales que de ningun modo convienen á las personas de su clase; como o lo dirán por su propio labio los Administradores que son filósofo experimentales señora Sowerberry. Que necesidad tienen los pobres de poseer una inteligencia y un alma? No basta el que les hagamos vivir? Si vos señora no le hubieseis dado mas que puches no hubiéramos llegado á este caso.
—Dios mio! Dios mio! —esclamó la Señora Sowerberry elevando piadosamente sus ojos al techo do la cocina —Es posible que esto dimane de un exceso do liberalidad!
La liberalidad do la Señora Sowerberry para con Oliverio consistia en una prodigalidad confusa de escamochos que ningun otro que el hubiera querido comer; por lo que habia mucha abnegacion y deferencia en soportar voluntariamente la pesada acusacion de Mr. Bumble de la que (sea dicho con justicia) era inocente de pensamiento, de palabra y de accion.
—Ahora bien —dijo el pertiguero cuando la Señora vuelta de su éxtasis dirijió de nuevo sus ojos á la tierra —lo que conviene por el momento en mi sentir es dejarle veinte y cuatro horas aquí hasta que el hambre empiece á hacerle cosquillas; luego le pondreis en libertad y lo sujetareis á los puches claros durante todo el tiempo de aprendizage. Señora Sowerberry tened entendido que procede de mala semilla. El cirujano y la enfermera me han dicho que su madre vino á la casa entre dificultades y penas que hubieran acabado mucho antes con una muger virtuosa.
A este punto del discurso Oliverio que habia comprendido lo bastante para saber que se hacia de nuevo alusion á su madre, volvió á golpear con tal fuerza que aturrullaba los oidos. En medio de esta bataola entró Mr. Sowerberry y habiéndole las señoras contado el crímen de Oliverio con toda la exajeracion que creyeron á propósito para exitar su enojo, en un abrir y cerrar de ojos abrió la carbonera é hizo salir de ella á su rebelde aprendiz cojiéndole por el cogote.
Durante la lucha los vestidos de Oliverio habian sido rasgados, su rostro estaba magullado y arañado, sus cabellos caian en desórden sobre su frente. El rojo de la cólera no habia desaparecido aun de sus megillas, y al salir de su prision lejos de manifestarse acobardado dirigió una mirada amenazadora á Noé.
—Ola! bravo mozo! —dijo Sowerberry sacudiendo la cabeza de Oliverio y dándole luego un bofeton en la oreja.
—Porque ha hablado mal de mi madre. —replicó el niño.
—Y aun que así fuera pillastron! —dijo la Señora Sowerberry —No ha dicho todo lo que ella merece!