—No lo merece! —dijo Oliverio.
—Lo merece. —objetó la Señora Sowerberry.
—Es mentira!
La Señora Sowerberry derramó un torrente de lágrimas. Este torrente de lágrimas privaba á Mr. Sowerberry de toda alternativa. El lector prevenido comprenderá fácilmente que si este último hubiese titubeado un solo momento en castigar severamente á Oliverio, hubiera sido bajo el aspecto de los usos establecidos cuando se trata de disputas conjugales, un bruto, un marido desnaturalizado, una ridícula imitacion del hombre y tantos otros hermosos epitetos demasiado numerosos para insertarlos en este capítulo. Para hacerle justicia tenia á favor del niño toda la buena disposicion que le permitia su poder muy limitado: pueda tambien que le impulsara el propio interés; ó bien porque su muger no lo podia sufrir. Asi es que como tengo dicho ese torrente de lágrimas no le dejaba alternativa y de consiguiente lo zurró de lo lindo para satisfacer á su ultrajada esposa y hacer al mismo tiempo inútil el baston parroquial. Nuestro jóven héroe fué encerrado por todo el resto del dia en la carbonera en compañía de un jarro de agua y un mendrugo de pan. Por la noche la Señora Sowerberry lo abrió no sin haber hecho antes algunas observaciones poco lisongeras respecto á su madre y entre las burlas y sarcasmos de Noé y de Carlota fué á echarse en su lecho de dolor.
Solo cuando se vió aislado en el taller del Zampa-muertos, dió libre curso á la emocion que el tratamiento del dia debió dispertar en su pecho de niño. Habia escuchado los sarcasmos con desprecio; habia sufrido los golpes sin proferir un solo lamento, por que sintiara nacer en el esa noble fiereza capaz de ahogar el menor grito aun cuando le hubieran quemado vivo; pero ahora que nadie podia verle ni oirle se dejó caer de rodillas sobre el pavimento y ocultando su rostro con sus manos derramó tales lágrimas que Dios quiera que para el bien de nuestro espíritu ningun niño tan jóven haya tenido ocasion de derramarlas por nosotros ante él!
Oliverio permaneció largo tiempo en esta postura: la vela iba á consumirse del todo en el tubo de su candelera cuando se levantó; y habiendo mirado con precaucion á su alrededor y escuchando con suma ansiedad tiró los cerrojos de la puerta de entrada y fijó su vista á la calle.
La noche estaba sombria y fria y las estrellas parecieron á los ojos del niño mas lejanas de la tierra que no las habia visto antes. No soplaba el menor aire y las sombras negras de los árboles por su inmobilidad tenian algo de sepulcral como la misma muerte. Volvió á cerrar suavemente la puerta y aprovechándose de la luz vacilante del cabo de la vela que finia para envolver en un pañuelo los pocos harapos que tenia se sentó sobre su jergon esperando el dia.
A los primeros rayos de la aurora que empezaron á filtrar al través de las rendijas de la puerta de la tienda, Oliverio se levantó y abrió de nuevo la dicha puerta. Una mirada temerosa en torno suyo; un momento de vacilacion... la cerró tras si y hele ah en medio de la calle. Miró á derecha é izquierda no sabiendo por que lado huir. Recordó haber visto los carros cuando dejaban el pais subir lentamente la colina... se dirije por este lado y habiendo llegado á un sendero que sabia iba á desembocar en la carretera un poco mas lejos le tomó y marchó á buen paso.
Al hallarse en este mismo sendero Oliverio recordó haber trotado por el al lado de Mr. Bumble cuando este le volvia de la sucursal á la casa de Caridad. Este camino conducia á aquella. Su corazon latia muy fuerte pensando en ello y le vinieron ganas de retroceder. Sin embargo habia ya andado un largo trecho y perdía mucho tiempo obrando asi; además era tan de mañana que no habia peligro de que se le viera. Continuó pues y llegó delante de la casa. No habia apariencia de que los comensales estuvieran ya levantados en una hora tan matinal. Se paró y miró con precaucion al jardín. Un niño estaba en el ocupado en arrancar las malas yerbas de un cuadro y al levantar la cabeza pare descansar Oliverio reconoció en él á uno de sus camaradas de la infancia. Tuvo mucha satisfaccion de verle antes de partir; porque aunque mas jóven que él, este niño habia sido su amigo y compañero de juego. Habian tenido hambre, habian sido golpeados y encerrados juntos tantas y tantas veces!
—Silencio Ricardo! —dijo Oliverio viendo al muchacho correr á la puerta y pasar sus bracesitos al traves de la verja para recibirle —Se han levantado ya aquí?