—No; yo solo! —respondió el niño.

—Que no digas que me has visto; lo entiendes Ricardo? —dijo Oliverio —Yo me escapo: me golpeaban y me maltrataban muchísimo! Voy á buscar fortuna lejos, muy lejos de aquí; no se donde. ¿Que pálido estás?

—He oido decir al médico, que me muero. —repuso el niño con una lánguida sonrisa —Estoy tan contento de verle querido amigo! Pero no te entretengas; vete pronto!

—No, no! quiero decirte hasta la vista. —prosiguió Oliverio —Volveré á verte Ricardo; estoy seguro de ello. Entonces estarás bueno y serás mas feliz.

—Asi lo espero! —dijo el niño —pero cuando habré muerto; no antes. Se bien que el médico tiene razon Oliverio; porque sueño muy amenudo en el cielo y en los ángeles y veo fisonomías dulces cual no las he visto nunca cuando estoy dispierto. Abrázame! —continuó encaramándose en la puerta del jardin y pasando sus bracecitos alrededor del cuello de Oliverio —Hasta la vista allá arriba amigo! Que Dios te bendiga!

Aunque dada por un niño, esta bendicion era la primera que Oliverio sentia invocar sobre su cabeza y en medio de los sufrimientos y de las vicisitudes de su vida futura, no la olvidó una sola vez.

CAPÍTULO VIII.

OLIVERIO SE DIRIJE Á LONDRES, Y ENCUENTRA EN EL CAMINO UN JÓVEN SINGULAR.

OLIVERIO despues que hubo llegado al estremo del sendero, se encontró en la carretera. Eran las ocho de la mañana: á pesar de haber andado ya cinco millas, corrió y se ocultó como pudo tras las hayas hasta el medio dia temiendo ser cojido en el caso de que se le persiguiera. Entonces se sentó en un mojon y se puso á pensar per la primera vez en el punto donde debia ir para poder ganarse la subsistencia.

Muchas veces habia oido decir á los viejos de la casa de Caridad que un muchacho de corazon no podia dejar de pasarlo bien en Londres y que habia en esa gran ciudad recursos de que los habitantes de las provincias no podian formarse una idea. Este era justamente el punto propio para el niño sin asilo y que podia morirse en medio de la calle si alguno no venia á su socorro. Se puso pues en marcha con valor acostándose por la noche al aire libre, viviendo ya de limosnas, ya de los restos arrojados por los caminantes; despreciado y rechazado por todas partes.